¿Somos sociólogos?
Le pregunta está hecha y la respuesta está en el aire. Para unos bastaría con saber si somos egresados de una escuela que impartiera sociología. Otros nos exigirían el título correspondiente. En otra línea, ciertas personas negarían que seamos sociólogos aunque hubiéramos cumplido satisfactoriamente y correctamente con los requisitos académicos y burocráticos. En fin, lo malo es que todos tienen ideas distintas y más o menos imprecisas sobre lo que es o no es un sociólogo y para lo que puede servir.
¿Y nosotros? Creemos tener una buena cantidad y calidad de ideas, principios y hábitos sociológicos, pero sabemos que, en principio, nos falta la madurez suficiente como para responder a la primera pregunta. Pero no sólo eso: presentimos desde hace tiempo que mucho de lo positivo que pueda haber en nuestra formación profesional no es el resultado de la asimilación de lo que se nos transmitió en nuestro transcurso por la universidad. Incluso desde antes de ingresar al ciclo profesional, tal vez desde la secundaria sentíamos la corazonada de que éramos víctimas y beneficiarios de la formación escolar que nos había tocado. Ingresaríamos al rato con la pesada y sentida carga de sabernos herederos imberbes de las generaciones universitarias de los 68's y 71's, que llegaron a protagonizar los estertores de la muerte moral del movimiento estudiantil. Todavía en la universidad fuimos partícipes de los últimos e infructuosos intentos de hacer sobrevivir las formas de rebeldía que condujeron a la protesta estudiantil-generacional de los 60’s a la esterilización teórica, al berrinche autoaniquilante, a la melancolía histórica y a la rutinización de nuestra vida. El hecho es que llegamos a la sociología ansiosos de responder a una serie de preguntas que se habían formulado en otros tiempos. Por accidentes cronológicos y administrativos fuimos compañeros en una de las generaciones de transición: sentíamos una rebeldía visceral y vengativa ante todo lo que oliera a principio de autoridad establecida, producto del azoro con que presenciamos la alegría rebelde de nuestros compañeros mayores y, al mismo tiempo, sufrirla.
Parece ser que una de las más fuertes motivaciones que nos impulsaron a tratar de producir una publicación periódica fue la necesidad de manifestar a determinado público nuestras experiencias sociológicas y sus frutos. Sentíamos que había factores extrasubjetivos que cohesionaban a una parte de nuestra generación. Algo nos unía y no era la simpatía desbordante de nadie ni el odio sentido hacia algo o alguien. No proveníamos de un origen común, ni teníamos la misma situación ni nuestros proyectos eran los mismos. Una especie de instinto nos llevaba a buscar ese lazo de unión y fortalecerlo. Buscamos en proyectos académicos y de investigación, en participaciones políticas de pequeño alcance, en sesiones colectivas de catarsis controlada, en tímidas exploraciones de la sexualidad propia y ajena, en afectos y en amores lejanos, en la formación de cuadros colegiados de mutuo apoyo, en la acción social comunitaria, en el abandono escolar, en todo lo que se pusiera a nuestro alcance. Buscamos y no encontramos.
Nos creíamos "estudiantes de sociología", científicos en proceso de realización, revolucionarios objetivos, gente conciente. Tal vez por eso no tuvimos la suficiente capacidad de asombro como para dejarnos impresionar por las crisis vivenciales, cotidianas, existenciales, de cada uno de nosotros. Hicimos notables esfuerzos, individuales y grupales por subordinar nuestra vida cotidiana a los descubrimientos "revolucionarios y científicos" que nos proporcionaba la Universidad.
Esa fuerte motivación que nos empujaba a tratar de producir una publicación periódica también era la necesidad de manifestar a determinado público nuestras experiencias sociológicas y sus frutos. Fruto y experiencia a la vez, el desencanto fue y es uno de los más importantes factores que cohesionaron a nuestro grupo escolar. Además de todas las ilusiones maltrechas y de las francas frustraciones, en términos estrictamente sociológicos, ni el león ni la sociología son como los pintan. Nosotros no queríamos domar al león, pero sí dominar a la sociología y con ella ayudar a domar a los tigres de papel de Mao (imperialismo) y del Libro Rojo de la Escuela (los adultos como principio de autoridad)
De pronto nos encontramos con que ya somos profesionistas y que poco a poco ingresamos a la casta divina de la paternidad. En otra óptica, tuvimos que trabajar para el tigre de papel imperio y nos convertimos en un tigre de papel adulto. Aparentemente, nos pusimos del lado de nuestros enemigos. Y todo por necesidades naturales, biológicas, vitales.
Entonces, la vida nos sorprendió con que los notables esfuerzos individuales y grupales que hicimos por subordinar nuestras vivencias cotidianas a los descubrimientos revolucionarios y científicos fueron inútiles.
Hoy, sociólogos desencantados, intuimos que hay una respuesta que aminorará el desencanto propio y ajeno de los sociólogos. Esa respuesta se puede sintetizar en una serie de principios como los siguientes: rescatar la vertiente humanística de la disciplina sociológica, revalorar el aspecto emotivo del sociólogo, recobrar le dimensión existencial del oficio, sintetizar la biografía en la historia y viceversa, relacionar la cotidianidad vivencial con la cientificidad social, juntar la literatura a la ciencia, unir la subjetividad a la objetividad, integrar la emoción con la razón.
Estos principios tienen un fundamento, no son producto del capricho ni del berrinche que desencadena necesariamente el desencanto. De cualquier manera, son producto de la crítica realizada desde una emoción históricamente explicada.
¿Será por eso que nunca pudimos cuajar la tal publicación?
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martes, 22 de diciembre de 2009
JONÁS es una de esas películas que no lo dejan igual a uno.
Entras al cine un poco impregnado con la idea del error cometido hace doce años y sales con la certeza de que ese error no fue tal. Sin embargo, la cinta no ofrece alternativas válidas para la alegría completa: el argumento habla de la crucifixión de una generación, de la muerte de un grupo de edades y su transformación en seres inadaptados, disfuncionales, marginados, psicópatas. Y es entonces cuando uno se da cuenta del profundo desencanto que nos tocó asumir como actitud histórica. El viejo sueño se convirtió en pesadilla: esto se sabe y se repite hasta el cansancio. Pero, la verdadera pregunta es: ¿hasta dónde la tecnología, el confort, el progreso, el status, la posición, etc., constituyeron el analgésico para que los habitantes de esta antigua Tierra olvidáramos que la sociedad NO FUNCIONA? Mientras nuestros padres sí creyeron en la posibilidad de la felicidad humana lograda a través de un enorme cúmulo de objetos inútiles, a nosotros y a nuestros predecesores inmediatos la TV nos trajo miopías, las telas sintéticas nos causaron alergia, los trajes con corbata, mancuernillas y sus correspondientes zapatos de charol nos quedaron grandes de los hombros, las mangas, las piernas, los pies (definitivamente, fueron creados para espíritus gorilistas educados en el clima. de la 2a guerra mundial), el automóvil nos fue heredado, como un mal necesario, a punto de la famosa y ficticia crisis de energéticos; el automóvil trajo semáforos, policías de tránsito, atropellados y, lo que es más dramático, peatones; nuestras conciencias fueron educadas en plena era espacial; sentimos como nuestro el poderío de la humanidad, supimos de la fragilidad del capitalismo, hicimos crecer y crecimos con la minifalda y el socialismo en Cuba, con los Beatles y el rock; abrimos las puertas más amplias de la difusión; hicimos nuestra guerra, nos arriesgamos, nos despreciaron, nos amenazaron, nos golpearon, nos encarcelaron, nos desterraron, nos mataron... y a los demás nos castraron, nos mutilaron el ánimo y la intención de mejorar nuestro mundo.
Pero, ojo, que se entienda bien: no éramos los chiquillos optimistas que creyendo en la bondad santaclosesca de sus padres, tripulantes del sistema, esperaran el amable y generoso regalo de un mundo hecho a la medida del ser humano. No. Los protagonistas de esta historia venían preparando el terreno de su lucha desde 1950. Fue una toma de conciencia generacional a través del rechazo acumulado a una serie de convencionales hábitos tradicionales. Fueron los jóvenes de los 50’s quienes se quitaron el traje de marinerito y el corte a cepillo para dejarse crecer los copetes y adoptar los jeans y la chamarra de cuero. La calle fue el lugar elegido para dar la batalla. El recién inaugurado urbanismo moderno se sintió invadido por una plaga de seres simples, de una vitalidad y un vigor que no dejaban campo a la inmovilidad, seres sensibles que tímidamente balbuceaban su respuesta protestataria al sistema autoritario. La vida cotidiana como arma de liberación, como panfleto subversivo y como alternativa histórico política.
Entras al cine un poco impregnado con la idea del error cometido hace doce años y sales con la certeza de que ese error no fue tal. Sin embargo, la cinta no ofrece alternativas válidas para la alegría completa: el argumento habla de la crucifixión de una generación, de la muerte de un grupo de edades y su transformación en seres inadaptados, disfuncionales, marginados, psicópatas. Y es entonces cuando uno se da cuenta del profundo desencanto que nos tocó asumir como actitud histórica. El viejo sueño se convirtió en pesadilla: esto se sabe y se repite hasta el cansancio. Pero, la verdadera pregunta es: ¿hasta dónde la tecnología, el confort, el progreso, el status, la posición, etc., constituyeron el analgésico para que los habitantes de esta antigua Tierra olvidáramos que la sociedad NO FUNCIONA? Mientras nuestros padres sí creyeron en la posibilidad de la felicidad humana lograda a través de un enorme cúmulo de objetos inútiles, a nosotros y a nuestros predecesores inmediatos la TV nos trajo miopías, las telas sintéticas nos causaron alergia, los trajes con corbata, mancuernillas y sus correspondientes zapatos de charol nos quedaron grandes de los hombros, las mangas, las piernas, los pies (definitivamente, fueron creados para espíritus gorilistas educados en el clima. de la 2a guerra mundial), el automóvil nos fue heredado, como un mal necesario, a punto de la famosa y ficticia crisis de energéticos; el automóvil trajo semáforos, policías de tránsito, atropellados y, lo que es más dramático, peatones; nuestras conciencias fueron educadas en plena era espacial; sentimos como nuestro el poderío de la humanidad, supimos de la fragilidad del capitalismo, hicimos crecer y crecimos con la minifalda y el socialismo en Cuba, con los Beatles y el rock; abrimos las puertas más amplias de la difusión; hicimos nuestra guerra, nos arriesgamos, nos despreciaron, nos amenazaron, nos golpearon, nos encarcelaron, nos desterraron, nos mataron... y a los demás nos castraron, nos mutilaron el ánimo y la intención de mejorar nuestro mundo.
Pero, ojo, que se entienda bien: no éramos los chiquillos optimistas que creyendo en la bondad santaclosesca de sus padres, tripulantes del sistema, esperaran el amable y generoso regalo de un mundo hecho a la medida del ser humano. No. Los protagonistas de esta historia venían preparando el terreno de su lucha desde 1950. Fue una toma de conciencia generacional a través del rechazo acumulado a una serie de convencionales hábitos tradicionales. Fueron los jóvenes de los 50’s quienes se quitaron el traje de marinerito y el corte a cepillo para dejarse crecer los copetes y adoptar los jeans y la chamarra de cuero. La calle fue el lugar elegido para dar la batalla. El recién inaugurado urbanismo moderno se sintió invadido por una plaga de seres simples, de una vitalidad y un vigor que no dejaban campo a la inmovilidad, seres sensibles que tímidamente balbuceaban su respuesta protestataria al sistema autoritario. La vida cotidiana como arma de liberación, como panfleto subversivo y como alternativa histórico política.
Tenía que suceder como todo lo que sucede en mis escritos: mi vicio reiterativo es tan atroz que, necesariamente, una idea incuba a la otra y, mareadas como salen de mi cerebro, dan vueltas y reiteran sobre lo mismo: ellas mismas expresadas en la escritura. ¿Hasta dónde voy a llegar? Quién sabe. De todos modos, hace poco leí que las narraciones paralelas en las que se lleva la trama de los personajes creados al mismo tiempo que las vicisitudes del creador de los personajes a la hora de crearlos, estaban en legítimo uso, y a punto del abuso, en la literatura hispanoamericana. En ese estilo sólo he leído Entre Marx y una Mujer Desnuda. El libro me gustó y me sigue gustando tanto tal vez porque, de alguna manera, esa era mi tendencia: la escritura como posibilidad de recrear el mundo y, al mismo tiempo, como necesidad de crear la conciencia de subjetividad del escritor; como la manera de conocer y denunciar, al mismo tiempo que a afloran, los vicios y virtudes que permiten nuestra creación literaria (dicha de quebranto, los dos materiales que forman mi canto…)
Creación y crítica simultáneas, imaginación y conciencia paralelas, sentimiento y razón hermanados en una pugna sintética. Todo suena muy bonito. Pero con un material tan disperso como el mío, todo lo anterior se convierte en chatarra lujosa, en literatura creada "como un lujo cultural" por un neutral interiorista. Es la 1:15 a.m. y yo aferrado a escribir de mí. Cómo me gusta masturbarme. En vez de tratar de enlazar mis dos escritos de Jonás, aquí estoy, “comiendo mielda, chico”; es decir, escribiendo cagada. Pero no, en lugar de continuar con los análisis sociales y hablar un poco de las formas de represión, de referir la impotencia socioeconómica de la protesta generacional, exaltando su productividad político-intelectual, aquí sigues aferrado, ¡Cabrón!
"¿A dónde van ahora mismo estos versos?"
Creación y crítica simultáneas, imaginación y conciencia paralelas, sentimiento y razón hermanados en una pugna sintética. Todo suena muy bonito. Pero con un material tan disperso como el mío, todo lo anterior se convierte en chatarra lujosa, en literatura creada "como un lujo cultural" por un neutral interiorista. Es la 1:15 a.m. y yo aferrado a escribir de mí. Cómo me gusta masturbarme. En vez de tratar de enlazar mis dos escritos de Jonás, aquí estoy, “comiendo mielda, chico”; es decir, escribiendo cagada. Pero no, en lugar de continuar con los análisis sociales y hablar un poco de las formas de represión, de referir la impotencia socioeconómica de la protesta generacional, exaltando su productividad político-intelectual, aquí sigues aferrado, ¡Cabrón!
"¿A dónde van ahora mismo estos versos?"
AFEITES.
Qué problema rasurarse. Cuando veo la crema y la máquina de afeitar, me siento como si fuera un niño poseído por la curiosidad de sentir esa extraña caricia cortando los pelos de mi cara. No deja de ser interesante ver el reflejo de mi cara embadurnada y recorrer la ruta del rastrillo cuando abre surcos en la blanca superficie de la espuma. Luego mirar los pequeños trozos de mis cabellos como si fueran las víctimas de esa acción. Después, acariciarme el mentón y los cachetes sintiendo la tersura, mirarme la cara bien limpia, ahora sí, a flor de piel. De pronto me encuentro guapo. Sobre todo si recorto mi bigote al mejor estilo de Jorge Negrete y de Clark Gable.
Entonces caigo en la cuenta: mis facciones distan mucho de ser las de esos monstruos de la pantalla, profesionales en la emocionante aventura de arrancar suspiros. Definitivamente no me parezco a ninguno, de ellos. Entonces ¿por qué dejarme llevar por esa impresión engañosa? ¿Será que a fuerza de reiteraciones y melodramas las imágenes de esos divos se han convertido en modelos de belleza masculina? Esto definitivamente es cierto, pero ¿acaso tengo el carácter fuerte y dominante del macho mexicano o del galán hollywoodesco? Ahora que lo pienso, tal vez esa sea una de las claves del enorme atractivo desencadenado por los multicitados artistas. Me explico: tal vez la combinación de un carácter recio con una apariencia facial suave, logre ese claroscuro que resulta infalible a la hora de seducir al sexo opuesto. Aunque también es cierto que la combinación que había logrado al dejarme crecer las barbas también es explosiva, porque a la apariencia agresiva y seca de mi rostro barbado se esconde una marmita de ternura que urge por lanzarse sobre muchachas que el vaivén de la vida me ponga enfrente.
Y pienso más cosas: cuando vago rasurado por las calles, es evidente que muchas más miradas femeninas se posan en mí; hasta alguna sonrisita picarona me persigue cuando me descuido. ¿Conclusión? No soy tan feo. Pero tampoco soy lo suficientemente guapo como para que esas miradas y risillas coquetas me ataquen de frente. Por otro lado, no tengo la prestancia de carácter como para convertir esas indecisas provocaciones en un pretexto para la charla, el ligue o la seducción. El resultado es que, al mismo tiempo que me siento más chulito que horrible, me doy cuenta de que mi contextura física no me sirve para anotar otra estrella en mi récord de memorias eróticas; entonces me frustro. En cambio, cuando la gente me mira con barbas no siento reducirme a mi pura carrocería. Mi cara peluda es también un símbolo sexual impuesto por la literatura y el cine, tiene múltiples significados posibles; y aquí dejo al lector la memoria libre para que apunte, si quiere, la lista completa de barbones adorables y ¿por qué no? sexys. Sólo me limitaré a plantearle unos cuantos extremos: de Jesucristo a Charles Manson, del Ché Guevara a John Lennon, de Sócrates a Marx, etcétera. Mesías, delincuente, intelectual, teporocho o guerrillero. Imagen protectora o apariencia violadora. Eso sí, estoy seguro de que cualquiera que sea el sentimiento evocado por mi yo barbón, la impresión es de alguien que tiene suficientes elementos y argumentos como para convencer al mundo de que existe y de que está seguro de no necesitar adornos superficiales para sentirse querido y respetado. En consecuencia, el barbón parece ser un tipo que se cansó de intentar convencer por medio de los oropeles y que definió cabalmente su antiproyecto de muerte.
Qué problema rasurarse. Cuando veo la crema y la máquina de afeitar, me siento como si fuera un niño poseído por la curiosidad de sentir esa extraña caricia cortando los pelos de mi cara. No deja de ser interesante ver el reflejo de mi cara embadurnada y recorrer la ruta del rastrillo cuando abre surcos en la blanca superficie de la espuma. Luego mirar los pequeños trozos de mis cabellos como si fueran las víctimas de esa acción. Después, acariciarme el mentón y los cachetes sintiendo la tersura, mirarme la cara bien limpia, ahora sí, a flor de piel. De pronto me encuentro guapo. Sobre todo si recorto mi bigote al mejor estilo de Jorge Negrete y de Clark Gable.
Entonces caigo en la cuenta: mis facciones distan mucho de ser las de esos monstruos de la pantalla, profesionales en la emocionante aventura de arrancar suspiros. Definitivamente no me parezco a ninguno, de ellos. Entonces ¿por qué dejarme llevar por esa impresión engañosa? ¿Será que a fuerza de reiteraciones y melodramas las imágenes de esos divos se han convertido en modelos de belleza masculina? Esto definitivamente es cierto, pero ¿acaso tengo el carácter fuerte y dominante del macho mexicano o del galán hollywoodesco? Ahora que lo pienso, tal vez esa sea una de las claves del enorme atractivo desencadenado por los multicitados artistas. Me explico: tal vez la combinación de un carácter recio con una apariencia facial suave, logre ese claroscuro que resulta infalible a la hora de seducir al sexo opuesto. Aunque también es cierto que la combinación que había logrado al dejarme crecer las barbas también es explosiva, porque a la apariencia agresiva y seca de mi rostro barbado se esconde una marmita de ternura que urge por lanzarse sobre muchachas que el vaivén de la vida me ponga enfrente.
Y pienso más cosas: cuando vago rasurado por las calles, es evidente que muchas más miradas femeninas se posan en mí; hasta alguna sonrisita picarona me persigue cuando me descuido. ¿Conclusión? No soy tan feo. Pero tampoco soy lo suficientemente guapo como para que esas miradas y risillas coquetas me ataquen de frente. Por otro lado, no tengo la prestancia de carácter como para convertir esas indecisas provocaciones en un pretexto para la charla, el ligue o la seducción. El resultado es que, al mismo tiempo que me siento más chulito que horrible, me doy cuenta de que mi contextura física no me sirve para anotar otra estrella en mi récord de memorias eróticas; entonces me frustro. En cambio, cuando la gente me mira con barbas no siento reducirme a mi pura carrocería. Mi cara peluda es también un símbolo sexual impuesto por la literatura y el cine, tiene múltiples significados posibles; y aquí dejo al lector la memoria libre para que apunte, si quiere, la lista completa de barbones adorables y ¿por qué no? sexys. Sólo me limitaré a plantearle unos cuantos extremos: de Jesucristo a Charles Manson, del Ché Guevara a John Lennon, de Sócrates a Marx, etcétera. Mesías, delincuente, intelectual, teporocho o guerrillero. Imagen protectora o apariencia violadora. Eso sí, estoy seguro de que cualquiera que sea el sentimiento evocado por mi yo barbón, la impresión es de alguien que tiene suficientes elementos y argumentos como para convencer al mundo de que existe y de que está seguro de no necesitar adornos superficiales para sentirse querido y respetado. En consecuencia, el barbón parece ser un tipo que se cansó de intentar convencer por medio de los oropeles y que definió cabalmente su antiproyecto de muerte.
¿SE PODRÁ ESCRIBIR, EN MEDIA JORNADA DE TRABAJO, LA SUFICIENTE CANTIDAD DE ESTUPIDECES COMO PARA LLENAR UNA HOJA TAMAÑO OFICIO? EL PROBLEMA ES QUE LA HOJA DE TAMAÑO OFICIO QUIERE IR A RENGLÓN SEGUIDO, CON MAYÚSCULAS Y MARGEN EN LOS EXTREMOS. CLARO QUE EN LUGAR DE ESCRIBIR IMBECILIDADES PODRÍA MECANOGRAFIAR ALGÚN POEMA FALLIDO, ESCRIBIR EL LIBRO QUE TENGO PENDIENTE O AVANZAR EN MIS TAREAS LABORALES. PERO NO. HOY, UNA VEZ MÁS, DECIDO QUE LA PRODUCTIVIDAD DE MI VAPULEADO CEREBRO NO TIENE NADA DE PRODUCTIVO Y QUE EN CONSECUENCIA ENARBOLO MI DERECHO A LA IRRESPONSABILIDAD Y LO EJERZO FLAGRANTEMENTE. EN TODO CASO, NO ME INTERESA PORTARME BIEN. ¿Y CÓMO ME IBA A INTERESAR, SI AYER CONOCÍ A ALEXANDRA, LA ÚNICA Y GENIAL VOCEADORA (PERIODIQUERA, DICEN EN CUBA) CUYO GRITO NOTICIOSO SUENA A MAULLIDO-RUGIDO CACHONDO? FUE SUBYUGANTE: DE PRONTO SALTAN A ESCENA TODOS ESOS PERSONAJES LLENOS DE “SABÓ”, PERO VACÍOS DE TANTAS COSAS IMPORTANTES. UNA ELEGANTE GORDA QUE SE MOVÍA CHÉVERE AL RITMO DE UNA RUMBA BIEN PERCUTIDA, UN MULATO SABROSÓN QUE DISFRUTABA LO MISMO CON EL RÍTMICO MOVIMIENTO DEL ROTUNDO CULO DE LA GORDA QUE SOBÁNDOSE SU YA BIEN DESARROLLADA BARRIGA, UN POLICÍA IMBÉCIL Y LADRÓN (SI SE PERMITE EL PLEONASMO) QUE BLANDÍA LA MACANA AL MISMO TIEMPO QUE ESTIRABA LA MANO; UNA CON SU BORRACHO, UN MAYORDOMO CON SU PATRÓN, UN JOTO CON SU MARICA, UN VERDUGO SIN HACHA; ERA DEMASIADA MIERDA... PERO DE PRONTO, SALTABA UN NEGRITO, MENUDO y CHIQUITO, GREÑUDO y NALGÓN, CON OJOS GRANDES Y VOZ DE SELVA: NO ERA NEGRITO, ERA UNA NEGRA. Y QUÉ NEGRA, NEGRÍSIMA, NEGRA. QUÉ COSA, CHICO. "EXTRA, EXTRA, LEA LA ÚLTIMA NOTICIA DE LA NACIÓN. EXTRA, EXTRA" Y MI NEGRITA, CHICO, SE QUEBRABA: EL GAÑOTE TRATANDO DE METERLES LA NOTICIA A TODOS ESOS CABALLEROS POR SUS OREJAS DE ASNO. PERO, QUÉ VA. NI UNO, NI UNO, CHICO. TODOS TENÍAN SUFICIENTE LICOR, PUTAS Y RUMBA COMO PARA HACERLE CASO A LA NEGRITA DE MIS AMORES. DESPUÉS DE TODO ESO ERA TEATRO CUBANO Y YO FUI UN SIMPLE, VULGAR, COMÚN Y CORRIENTE ESPECTADOR MEXICANO. ¡AH! PERO COMO TAL, SEGURAMENTE VOY A VOLVER AL TEATRO EN CALIDAD DE ADMIRADOR; TAL VEZ COMPRE UN GRUESO RAMO DE ROSAS ROJAS, O TAL VEZ ME LAS VUELE O TAL VEZ NO SEA UN GRUESO RAMO Y MI OFRENDA SE CONVIERTA EN UNA SOLA ROSA ROJA Y ALGÚN SENTIDO POEMA. BUENO. YA DESAHOGUÉ MI INFECCIÓN ALEJANDRINA, PERO AÚN ASÍ TODAVÍA NO TENGO NADITA DE GANAS DE PORTARME BIEN. QUE ME PERDONEN EL MUNDO Y LA VIDA, SI QUIEREN, PORQUE SI NO QUIEREN ALLÁ ELLOS. AHORA ME SIENTO BIEN (NO ES CIERTO) Y SÉ QUE NI EL MUNDO NI LA VIDA ESTÁN BIEN. SÓLO ME FALTA TEÑIR MI EROTISMO CON ESE SABROSO COLOR CARBÓN BONITA PARA DECIR RIDÍCULAMENTE QUE TENGO LAS CUENTAS SALDADAS CON LA VIDA Y QUE PODEMOS DESVIVIR EN PAZ. ESTA HOJA TAMAÑO OFICIO NO SE ACABA Y ALEJANDRA TODAVÍA NO SE PRESENTA NI A MI MEMORIA. ¿PODRÍAN CREER QUE NO ME ACUERDO DE ELLA? YO TAMPOCO. ¿Y SI ALZO LA VISTA Y NO LA ENCUENTRO? ¿QUE PASARÁ SI ME DISTRAEN OTROS SENDEROS VITALES Y DECIDO QUE NO TIENE CASO SEGUIR PARIÉNDOLA MINUTO A MINUTO DESDE LA OSCURA CLARIDAD DE MI CEREBRO?
S. O. S. SE SOLICITA CONTROL MENTAL. S. O. S. ¡URGE!
OK. TODO ESTÁ BIEN. TE ESPERA TU ESCRITORIO. RECUERDA TU MISIÓN. EDUCA. ESCRIBE. ENSEÑA
(¿LAS NALGAS?).
LO QUE SEA. YA PONTE A TRABAJAR.
YA VOY.
ME FUI.
S. O. S. SE SOLICITA CONTROL MENTAL. S. O. S. ¡URGE!
OK. TODO ESTÁ BIEN. TE ESPERA TU ESCRITORIO. RECUERDA TU MISIÓN. EDUCA. ESCRIBE. ENSEÑA
(¿LAS NALGAS?).
LO QUE SEA. YA PONTE A TRABAJAR.
YA VOY.
ME FUI.
Otra vez estoy aquí encerrado, entre cuatro paredes falsas, sentado sobre grave sillón ejecutivo, frente a un extenso escritorio de madera e iluminado por cuatro tubos de gas neón que disparan sobre mi cabeza sus chorrocientos watts de luminosidad. Intento leer alguno de los documentos que tengo pendientes y, entre parpadeo y parpadeo, vienen a mí las imágenes de mi pelo agitado por el viento cuando camino y vago feliz por las calles antes arboladas de mi ciudad.
Estoy encerrado en mi oficinesco trabajo y me está venciendo el sueño. De pronto me sorprendo con la cabeza apoyada en mi mano y soñando mil aventuras callejeras. Extraño mis mañanas y mis tardes de vagancia, cuando podía sentarme en una banqueta y ver pasar autos y peatones, dejando que mis ojos se abran para clavar mi golosa mirada en tantas féminas hermosas que le arrancan suspiros al asfalto.
Es que aquí la vida no marcha, el transcurso quedó detenido, retratado en esta disposición jerárquica del mobiliario, inmóvil en este pesado edificio mal ventilado. Este es otro mundo al cual no creo pertenecer, ¿seré capaz de soportar este encierro de ocho horas diarias, sabiendo que allá afuera la ciudad se desintegra? ¿Podré apagar mi melancolía y dejar de inquietarme por las risas y los llantos que no se oyen en este cerrado recinto? ¿Se congelará mi alegría loca cuando la rutina y la inercia se desplomen sobre los últimos reductos de mi yo adolescente?
Y tal vez no tenga derecho ni a quejarme, porque si me invade el ethos burocrático, si me domina la seriedad, entonces ya no seré capaz ni de sufrir la tristeza porque toda mi vida, TODA, se agarrará del brazo con las instituciones educativas del gobierno mexicano y no habrá ni pena ni gloria que desbalanceen una personalidad definida y un carácter marcado por "las necesidades del servicio".
A esto le han llamado madurez. Por eso, cuando sea maduro se acabarán mis dudas, mis tanteos y desvaríos, tendré una ruta perfectamente trazada por la cual han de transitar mis lustrosos zapatos. En ese entonces (si llega) ya nada podrá sorprenderme, nada me causará asombro porque yo seré un ser firme y definido; a mí no me afectará nada que no se relacione directamente con mis actividades: lo bueno ya lo habré conocido, lo malo no lo tomaré en cuenta. Seré un gran señor: me mandaré a hacer mis trajes, limpiaré mis camisas en la tintorería y seré asiduo cliente de Gillette; tendré una casita con mi esposa e hijitos: ella, fiel, abnegada y trabajadora de su hogar; ellos, obedientes, disciplinados y muy estudiosos. Y así, esperaré a que el reloj checador marque sus transcursos, hasta que suene la alarma de mi jubilación. Y seguiré esperando que mi vida (la biológica, que no otra) se canse de esperarme y se retire de mí. Moriré y habré dejado árbol, libro e hijo en este mundo.
...
Pero sucede que, como dirían lo nuevos trovos, "afuera la gente hace lo suyo por mí, afuera la gente quiere averiguar, AFUERA ME ESTÁN MATANDO". Y es que la vida de la calle transcurre agitada, y la vida del campo agoniza entre los últimos murmullos de las aves y el estruendoso rugido de ríos turbulentos y mares embravecidos. Afuera sucede el amor, se inician las vidas y se marcan las muertes. Afuera el erotismo aflora entre vaivenes de nalgas, suspiros y piropos. Sólo afuera presenciamos los rostros solidarios de la gente que se ama, sólo afuera se escuchan las fraternales mentadas de madre. Sólo afuera.
Porque una banqueta enseña más que una cátedra, se aprende más sentado en la banca de un parque que frente a un escritorio matriculado con las claves de "Recursos Materiales".
En mi ciudad el sol filtra su luz entre una bruma de humo y polvo, pero esa luz es suficiente para que los negros cabellos de mis conciudadanos brillen, porque la generosa vitalidad de la luz solar no se compara con esta mezquina luminosidad neón.
Estoy encerrado en mi oficinesco trabajo y me está venciendo el sueño. De pronto me sorprendo con la cabeza apoyada en mi mano y soñando mil aventuras callejeras. Extraño mis mañanas y mis tardes de vagancia, cuando podía sentarme en una banqueta y ver pasar autos y peatones, dejando que mis ojos se abran para clavar mi golosa mirada en tantas féminas hermosas que le arrancan suspiros al asfalto.
Es que aquí la vida no marcha, el transcurso quedó detenido, retratado en esta disposición jerárquica del mobiliario, inmóvil en este pesado edificio mal ventilado. Este es otro mundo al cual no creo pertenecer, ¿seré capaz de soportar este encierro de ocho horas diarias, sabiendo que allá afuera la ciudad se desintegra? ¿Podré apagar mi melancolía y dejar de inquietarme por las risas y los llantos que no se oyen en este cerrado recinto? ¿Se congelará mi alegría loca cuando la rutina y la inercia se desplomen sobre los últimos reductos de mi yo adolescente?
Y tal vez no tenga derecho ni a quejarme, porque si me invade el ethos burocrático, si me domina la seriedad, entonces ya no seré capaz ni de sufrir la tristeza porque toda mi vida, TODA, se agarrará del brazo con las instituciones educativas del gobierno mexicano y no habrá ni pena ni gloria que desbalanceen una personalidad definida y un carácter marcado por "las necesidades del servicio".
A esto le han llamado madurez. Por eso, cuando sea maduro se acabarán mis dudas, mis tanteos y desvaríos, tendré una ruta perfectamente trazada por la cual han de transitar mis lustrosos zapatos. En ese entonces (si llega) ya nada podrá sorprenderme, nada me causará asombro porque yo seré un ser firme y definido; a mí no me afectará nada que no se relacione directamente con mis actividades: lo bueno ya lo habré conocido, lo malo no lo tomaré en cuenta. Seré un gran señor: me mandaré a hacer mis trajes, limpiaré mis camisas en la tintorería y seré asiduo cliente de Gillette; tendré una casita con mi esposa e hijitos: ella, fiel, abnegada y trabajadora de su hogar; ellos, obedientes, disciplinados y muy estudiosos. Y así, esperaré a que el reloj checador marque sus transcursos, hasta que suene la alarma de mi jubilación. Y seguiré esperando que mi vida (la biológica, que no otra) se canse de esperarme y se retire de mí. Moriré y habré dejado árbol, libro e hijo en este mundo.
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Pero sucede que, como dirían lo nuevos trovos, "afuera la gente hace lo suyo por mí, afuera la gente quiere averiguar, AFUERA ME ESTÁN MATANDO". Y es que la vida de la calle transcurre agitada, y la vida del campo agoniza entre los últimos murmullos de las aves y el estruendoso rugido de ríos turbulentos y mares embravecidos. Afuera sucede el amor, se inician las vidas y se marcan las muertes. Afuera el erotismo aflora entre vaivenes de nalgas, suspiros y piropos. Sólo afuera presenciamos los rostros solidarios de la gente que se ama, sólo afuera se escuchan las fraternales mentadas de madre. Sólo afuera.
Porque una banqueta enseña más que una cátedra, se aprende más sentado en la banca de un parque que frente a un escritorio matriculado con las claves de "Recursos Materiales".
En mi ciudad el sol filtra su luz entre una bruma de humo y polvo, pero esa luz es suficiente para que los negros cabellos de mis conciudadanos brillen, porque la generosa vitalidad de la luz solar no se compara con esta mezquina luminosidad neón.
Nunca acabarás de explicar el por qué de tu excesiva emotividad. La emoción te asalta en momentos cada vez menos esperados. A veces te traiciona. Son oleadas de ira o de ternura, de alegría o de amargura. Y aunque a veces lloras, nunca has golpeado: es que la ira no es tu pasión predilecta. Lo sabes y te preocupa; es más, te angustia. De alguna manera preferirías ser presa de la rabia, estar enfurecido trazando tu propia historia a fuerza de coraje. Pero no, no es el sudor de la furia el que moja tu cuerpo, es el agua de una lluvia melancólica que te cansa el ánimo.
Puedes partir de tu sensibilidad más primaria, tal vez de la humedad que pega en tu nariz y empapa la piel de tus mejillas, tu frente, tus brazos y tus manos. Sabes de aguaceros y lloviznas, de charcos y arroyuelos, de lodos enfangados. Pero esta agua no viene con la lluvia fértil de los temporales benignos, no emana de las tuberías potables que entretejen las entrañas de esta tu ciudad que flota sobre un lago, no brota de los manantiales subterráneos que burbujean en vida. No. La humedad que te empapa tiene un espacio y un tiempo específicos. Es la angustia cotidiana que transcurre como caudaloso río entre los abruptos relieves de tu desconcierto vital. Es el canal de las aguas negras de este estilo de vivir la vida. Es un caudal que evaporado se desborda y empapa de ignominia la calma de la noche y la inquietud del día.
Ahora sí, quién lo iba a decir...
Ahora sí, quien lo iba a decir. Después de dos semanas de tener mi "hábitat ad-hoc para la literatura", apenas hoy empiezo a escribir.
Lo que pasaba es que siempre quise escribir los grandes temas. No, no es cierto, lo que pasa se me escondió. Antes tenía bien ubicados los motivos de mis altibajos de carácter. Siempre pudieron haber sido muchas cosas, el hecho es que siempre he estado buscando motivos para la depresión y, si no, unos ejemplos:
Una vez, bajo eucaliptos jóvenes, en medio de adolescentes, al lado de una muchachita, preciosa y frente aun chavo extrañísimo, (el del frente) la muchachita me dijo: "Ese chavo es el chavo más triste que conozco. Yo ni voltee a verlo detenidamente. Simplemente lo identifiqué: "Renato", pensé, y la respuesta instintiva que brotó como un violento fluir casi incontenible fue un 'yo también soy triste, siempre lo fui y ahora lo soy más que nunca." De alguna manera era cierto: siempre me he sentido más triste que nunca y eso no quiere decir que mi tristeza sea una tristeza in crescendo... Aunque tal vez sí lo sea; cuando recuerdo las cosas que he escrito ¬a reserva de constatarlo¬ me doy cuenta que todas son tristes. Esto no es de extrañar, sin embargo mi autobiografía constituye un recordarme feliz e ir transitando, de tropiezo en tropiezo, hacia una tristeza cada vez más profunda. En esa autobiografía –con todo y que fue escrita durante la única etapa feliz que recuerdo y defino cotidianamente así: feliz, con todo y todo mi futuro se ve no tan pesimista, triste, pesado. Allí se advierte la tranquilidad de esos días, el remanso de conciencia en el que vivía y desde el cual podía hacer recuento de mi propia historia y hasta planear el futuro. Sin embargo, hay algo en ese escrito que conmueve a llanto. ¿Y todos esos poemas, párrafos y versos dedicados a Martha y que siempre suenen a presagio trágico? ¿Es el mundo en realidad tan insufrible? ¿Soy presa, junto con otros muchos, de problemas de adaptación? ¿Tengo alguna razón o soy maníaco depresivo? En todo caso: si me convenzo de que mi manía depresiva es la reacción natural ante un mundo que me aterra, ¿con eso basta para que las cosas cambien, aunque sea un poquito?
Ya voy a repetir otra cosa que me he cansado de descubrir, valorar y olvidar: se trata de que el mundo tiene cosas buenas que vele la pena vivir y por ello hay que darle un cauce a la salida del ruido que suena:
(Sonido de calentador y ruido de camión. La tierra vibra de frío cuando pasan los autobuses con sus pesadas llantas).
Como que las cosas se descomponen... Puedo seguir escribiendo.
¿Podré?
NO
Antier
Ahora sí, quien lo iba a decir. Después de dos semanas de tener mi "hábitat ad-hoc para la literatura", apenas hoy empiezo a escribir.
Lo que pasaba es que siempre quise escribir los grandes temas. No, no es cierto, lo que pasa se me escondió. Antes tenía bien ubicados los motivos de mis altibajos de carácter. Siempre pudieron haber sido muchas cosas, el hecho es que siempre he estado buscando motivos para la depresión y, si no, unos ejemplos:
Una vez, bajo eucaliptos jóvenes, en medio de adolescentes, al lado de una muchachita, preciosa y frente aun chavo extrañísimo, (el del frente) la muchachita me dijo: "Ese chavo es el chavo más triste que conozco. Yo ni voltee a verlo detenidamente. Simplemente lo identifiqué: "Renato", pensé, y la respuesta instintiva que brotó como un violento fluir casi incontenible fue un 'yo también soy triste, siempre lo fui y ahora lo soy más que nunca." De alguna manera era cierto: siempre me he sentido más triste que nunca y eso no quiere decir que mi tristeza sea una tristeza in crescendo... Aunque tal vez sí lo sea; cuando recuerdo las cosas que he escrito ¬a reserva de constatarlo¬ me doy cuenta que todas son tristes. Esto no es de extrañar, sin embargo mi autobiografía constituye un recordarme feliz e ir transitando, de tropiezo en tropiezo, hacia una tristeza cada vez más profunda. En esa autobiografía –con todo y que fue escrita durante la única etapa feliz que recuerdo y defino cotidianamente así: feliz, con todo y todo mi futuro se ve no tan pesimista, triste, pesado. Allí se advierte la tranquilidad de esos días, el remanso de conciencia en el que vivía y desde el cual podía hacer recuento de mi propia historia y hasta planear el futuro. Sin embargo, hay algo en ese escrito que conmueve a llanto. ¿Y todos esos poemas, párrafos y versos dedicados a Martha y que siempre suenen a presagio trágico? ¿Es el mundo en realidad tan insufrible? ¿Soy presa, junto con otros muchos, de problemas de adaptación? ¿Tengo alguna razón o soy maníaco depresivo? En todo caso: si me convenzo de que mi manía depresiva es la reacción natural ante un mundo que me aterra, ¿con eso basta para que las cosas cambien, aunque sea un poquito?
Ya voy a repetir otra cosa que me he cansado de descubrir, valorar y olvidar: se trata de que el mundo tiene cosas buenas que vele la pena vivir y por ello hay que darle un cauce a la salida del ruido que suena:
(Sonido de calentador y ruido de camión. La tierra vibra de frío cuando pasan los autobuses con sus pesadas llantas).
Como que las cosas se descomponen... Puedo seguir escribiendo.
¿Podré?
NO
Antier
lunes, 16 de noviembre de 2009
Que no le digan, que no le cuenten que la Luna es de queso. La luna es un polvorón redondo al que le ha cantado los poetas, los perros y los borrachos; y no me pidan que los deje leer tranquilos porque también en nuestro espacioso metro dicen que el mar de la tranquilidad está en la Luna. Después de todo nadie ha podido convencerse de que la historia de la humanidad es una sinfonía armoniosa donde canta el amor y hace coro el afecto. Mentira. Gran razón tenía mi tío Carlos cuando decía que somos unos micos homínidos determinados por el intercambio material de bienes y de males y que recurrimos a la mitología del amor por pura exclusión: sólo cuando nos tratan mal buscamos al pretendido cómplice, al ser comprendido y comprensivo que no amenaza. Mientras, los hombres buenos lo son sólo para algunas cosas; por ejemplo: para reforzar las expectativas de los que perdieron, a fuerza de olvidos, desprecios y maltrato, la esperanza puesta en su propio proyecto de vida. Y la gente amable que alimenta nociones de futuro (o tan solo de presente) y abona la vivencia con caricias y sonrisas, de pronto se queda sólo, esperando que llegue otro u otra con su propia bronca, para sentir que su vida es útil en esta vida y no en la otra. Y, a veces, los desesperanzados vuelven por su limosna de esperanza, los solitarios regresan por su porción de compañía, los tristes retornan por su cachito de felicidad. Y todo estaría bien si no tuvieran un remedo de su alegría. Después de todo, la matriz originaria de sus propias vidas era un recinto oscuro y protegido, un hogar encerrado en más de cuatro paredes, y si el dueño de el útero vital ordena con sus tiernas amenazas el regreso al nido, la avecilla de volados revuelos dobla la tersura de sus plumas, agacha el pico y vuelve a arrastrar su vida en esa finta de alegrías encerradas.
Pero hoy digo que no importa, que la vida se sigue rompiendo afuera, en la calle, y que sigue sin tener caso la angustia cotidiana que baja de los cielos convertida en lluvia e inunda con charcos y arroyuelos las cloacas y letrinas de mi necia sensibilidad. No importa que la nube de las amarguras sea un pesado individuo que responde a las mismas patadas con las que domina a sus propias y exclusivas propiedades. Después de todo, la normalidad, la decencia, la estabilidad y el progreso siguen imponiendo sus pesadas cargas, rompiendo la libertad y la alegría de quienes alguna vez quisieron ser distintos y proponer una vivencia de cambio.
Pero hoy digo que no importa, que la vida se sigue rompiendo afuera, en la calle, y que sigue sin tener caso la angustia cotidiana que baja de los cielos convertida en lluvia e inunda con charcos y arroyuelos las cloacas y letrinas de mi necia sensibilidad. No importa que la nube de las amarguras sea un pesado individuo que responde a las mismas patadas con las que domina a sus propias y exclusivas propiedades. Después de todo, la normalidad, la decencia, la estabilidad y el progreso siguen imponiendo sus pesadas cargas, rompiendo la libertad y la alegría de quienes alguna vez quisieron ser distintos y proponer una vivencia de cambio.
AUTOBIOGRAFÍA PRECOZ
YO, actual joven de 19 años, moreno, bajo, delgado y con barbas, de ideas rebatibles y a la vez admiradas, me dispongo, en contra de mi ánimo, a escribir algo que se parezca a una autobiografía.
Desde el 30 de enero, día en que mi madre me sacó a la blanca luz del quirófano, he recorrido varias etapas en mi desarrollo personal. Podría mencionar, entre las más importantes; la de la risueña e infantil inocencia, la del enamorado, la del conocedor, la del revolucionario y una que actualmente las combina a todas.
Fui, en mi primera infancia, un niño de anuncio de televisión: gordo, pelón, alegré y casi bueno, de una curiosidad casi destructiva. Recuerdo que en algún lejano rincón de mi tiempo, veía y veía un seguro que me atraía, de esos que no permiten que la andadera se desarme. Después, según memorias de mi madre, su segundo hijo, o sea yo, en un alarde precoz de inteligencia, destrabó el seguro y estuvo apunto de morir asfixiado. En otra ocasión, mi amor hacia la ciencia me llevó a echarle sal al pastel de mi quinto cumpleaños. Este mismo amor me obligó a destruir un robot de juguete que tenía una pantalla de proyección en la panza. En ambas ocasiones defendí mi inocencia argumentando que sólo quería explorar las cosas del mundo.
Hasta que los consejos de mi padre y el romanticismo sentimental de mi madre, distrajeron mi atención hacia la mujer, materia necesaria en mi creciente existencia. Nunca hasta hoy, sin embargo, después de siete años de constante búsqueda, creo que la he encontrado. (No es eterna, por supuesto).
La satisfacción de este tipo de necesidad fue altamente frustrada por mi excesivo respeto a lo que yo creía las motivaciones del sexo opuesto. Una palabra dicha con cariño me elevaba a las alturas más insospechadas del amor; una mirada de desprecio me hundía en el averno insoportable de la soledad.
MI frustración sexual y emocional me indujo a buscar los porqués de mi existencia hasta entonces solitaria y me dediqué a comprobar lo que dicen que Freud dijo: "el sexo mueve al mundo". Pero para aumentarle más plenas a mi hasta entonces alegre vida, esto no era cierto. Entonces busqué el por qué de mi ser y mi sentir desde el postulado de que la conciencia social está determinada por el ser social: me volví, según yo, materialista dialéctico.
El estudio del marxismo me llevó a ligar el pensamiento con la acción, o al menos a intentarlo. La admiración que tengo hacia hombres como el Ché Guevara, Fidel Castro, Camilo Torres, Lucio Cabañas, el profundo impacto emocional de un 1968 mexicano, olímpico y sangriento. Mi afán por terminar con todas las represiones emocionales, ideológicas y sexuales que el sistema me creaba y la consecuente necesidad de cambio en mi persona. Todo eso me llevó a ser, durante algún tiempo, uno de los líderes de un movimiento estudiantil que se moría.
"Mi" movimiento, mi temporal motivo de existir murió; una niña que no tenía nada de excepcional; mi fracaso escolar y el rompimiento conyugal de mis padres, me han obligado y me obligan a tomar la vida con más calma, con la esperanza de que mi existencia sea tan feliz como cuando era gordito, de tener por primera vez en mis cortos años de vida una coexistencia emocional, intelectual y sexual con una sola mujer; conocer todo lo que mi capacidad permita y colaborar en la destrucción de un sistema social y en la construcción de un mundo nuevo, aunque mi vida quede en el intento.
Soy un hombre en mi gloria y un niño en mis sueños, viviendo mi vida entre los dos; un hombre hecho de todos los hombres y que vale lo que todos y lo que cualquiera de ellos. Con la única diferencia de que mi existencia célibe hasta ahora, me está colocando en una dinámica caótica de cambio.
Marzo de 1976.
YO, actual joven de 19 años, moreno, bajo, delgado y con barbas, de ideas rebatibles y a la vez admiradas, me dispongo, en contra de mi ánimo, a escribir algo que se parezca a una autobiografía.
Desde el 30 de enero, día en que mi madre me sacó a la blanca luz del quirófano, he recorrido varias etapas en mi desarrollo personal. Podría mencionar, entre las más importantes; la de la risueña e infantil inocencia, la del enamorado, la del conocedor, la del revolucionario y una que actualmente las combina a todas.
Fui, en mi primera infancia, un niño de anuncio de televisión: gordo, pelón, alegré y casi bueno, de una curiosidad casi destructiva. Recuerdo que en algún lejano rincón de mi tiempo, veía y veía un seguro que me atraía, de esos que no permiten que la andadera se desarme. Después, según memorias de mi madre, su segundo hijo, o sea yo, en un alarde precoz de inteligencia, destrabó el seguro y estuvo apunto de morir asfixiado. En otra ocasión, mi amor hacia la ciencia me llevó a echarle sal al pastel de mi quinto cumpleaños. Este mismo amor me obligó a destruir un robot de juguete que tenía una pantalla de proyección en la panza. En ambas ocasiones defendí mi inocencia argumentando que sólo quería explorar las cosas del mundo.
Hasta que los consejos de mi padre y el romanticismo sentimental de mi madre, distrajeron mi atención hacia la mujer, materia necesaria en mi creciente existencia. Nunca hasta hoy, sin embargo, después de siete años de constante búsqueda, creo que la he encontrado. (No es eterna, por supuesto).
La satisfacción de este tipo de necesidad fue altamente frustrada por mi excesivo respeto a lo que yo creía las motivaciones del sexo opuesto. Una palabra dicha con cariño me elevaba a las alturas más insospechadas del amor; una mirada de desprecio me hundía en el averno insoportable de la soledad.
MI frustración sexual y emocional me indujo a buscar los porqués de mi existencia hasta entonces solitaria y me dediqué a comprobar lo que dicen que Freud dijo: "el sexo mueve al mundo". Pero para aumentarle más plenas a mi hasta entonces alegre vida, esto no era cierto. Entonces busqué el por qué de mi ser y mi sentir desde el postulado de que la conciencia social está determinada por el ser social: me volví, según yo, materialista dialéctico.
El estudio del marxismo me llevó a ligar el pensamiento con la acción, o al menos a intentarlo. La admiración que tengo hacia hombres como el Ché Guevara, Fidel Castro, Camilo Torres, Lucio Cabañas, el profundo impacto emocional de un 1968 mexicano, olímpico y sangriento. Mi afán por terminar con todas las represiones emocionales, ideológicas y sexuales que el sistema me creaba y la consecuente necesidad de cambio en mi persona. Todo eso me llevó a ser, durante algún tiempo, uno de los líderes de un movimiento estudiantil que se moría.
"Mi" movimiento, mi temporal motivo de existir murió; una niña que no tenía nada de excepcional; mi fracaso escolar y el rompimiento conyugal de mis padres, me han obligado y me obligan a tomar la vida con más calma, con la esperanza de que mi existencia sea tan feliz como cuando era gordito, de tener por primera vez en mis cortos años de vida una coexistencia emocional, intelectual y sexual con una sola mujer; conocer todo lo que mi capacidad permita y colaborar en la destrucción de un sistema social y en la construcción de un mundo nuevo, aunque mi vida quede en el intento.
Soy un hombre en mi gloria y un niño en mis sueños, viviendo mi vida entre los dos; un hombre hecho de todos los hombres y que vale lo que todos y lo que cualquiera de ellos. Con la única diferencia de que mi existencia célibe hasta ahora, me está colocando en una dinámica caótica de cambio.
Marzo de 1976.
Corres y caminas desprendiendo amarguras y sonrisas. No importa que tan bien intencionados estén tus pasos, aún no te atreves a hablar de otros. Parece una autoconfesión tu escritura. Todo lo dejas hacer por sí misma a tu pluma. Es cosa de poner la punta del bolígrafo sobre el papel y, ególatra, se pone a escribir sobre él mismo; y así recorres el nudo enmarañado de tus sentimientos.
De hecho tu escritura es una venganza, la dulce manera de ofender la vida y hacer perdurar este sentimiento de rabia. De acuerdo, la vida es bonita y hay cosas que, ahora sí, vale la pena vivirlas. Pero, PERO. Lo que sucede es que este mundo sí huele a mierda por todos sus rincones. A donde poses la vista, donde deposites los pies, el egoísmo se contonea contra ti con todo su enorme culo redondo de "mírenme estoy bien bueno". Claro, la idea del progreso personal, de la superación, de la estabilidad... está bien; todos tienen derecho de mejorar sus condiciones de vida. Pero de eso a regir todos los actos de la vida por el criterio del provecho, de la ganancia, hay un cacho que no se puede olvidar. ¡Ah! pero "hay que progresar", "hay que ser alguien". Te lo dicen y te lo pregonan en todos lados. Como si el mundo no tuviera tantos horrores por los que bien valdría la pena comprometerse en su erradicación. O, por lo menos, no comprometerse con su reproducción. Y lo grave es que a todos (bueno, casi a todos) les asiste la razón cuando te dicen que ni modo, que este es el mundo, que así es y nomás hay que adaptarse a él. Pero aquí permíteme recomendarte un reproche de niño chillón:
OK, el mundo aún es bello y vale la pena reconstruirlo. Pero si el mundo es así, como ellos dicen, y que sólo te queda adaptarte a él, entonces no quiero ayudar en curarle sus infecciones con nuestras manchadas manos de cinismo, hipocresía, avaricia, ambición, bla-bla-bla. Si el mundo y nosotros sus habitantes sólo vivimos para adaptarnos a un estado de cosas mediante la lucha o la indiferencia total hacia los demás hombres, entonces permítanme ser un parásito más de esta materia descompuesta llamada vida en la Tierra. No quiero tener familia ni responsabilidades. Si el mundo no se puede componer, yo tampoco.
De hecho tu escritura es una venganza, la dulce manera de ofender la vida y hacer perdurar este sentimiento de rabia. De acuerdo, la vida es bonita y hay cosas que, ahora sí, vale la pena vivirlas. Pero, PERO. Lo que sucede es que este mundo sí huele a mierda por todos sus rincones. A donde poses la vista, donde deposites los pies, el egoísmo se contonea contra ti con todo su enorme culo redondo de "mírenme estoy bien bueno". Claro, la idea del progreso personal, de la superación, de la estabilidad... está bien; todos tienen derecho de mejorar sus condiciones de vida. Pero de eso a regir todos los actos de la vida por el criterio del provecho, de la ganancia, hay un cacho que no se puede olvidar. ¡Ah! pero "hay que progresar", "hay que ser alguien". Te lo dicen y te lo pregonan en todos lados. Como si el mundo no tuviera tantos horrores por los que bien valdría la pena comprometerse en su erradicación. O, por lo menos, no comprometerse con su reproducción. Y lo grave es que a todos (bueno, casi a todos) les asiste la razón cuando te dicen que ni modo, que este es el mundo, que así es y nomás hay que adaptarse a él. Pero aquí permíteme recomendarte un reproche de niño chillón:
OK, el mundo aún es bello y vale la pena reconstruirlo. Pero si el mundo es así, como ellos dicen, y que sólo te queda adaptarte a él, entonces no quiero ayudar en curarle sus infecciones con nuestras manchadas manos de cinismo, hipocresía, avaricia, ambición, bla-bla-bla. Si el mundo y nosotros sus habitantes sólo vivimos para adaptarnos a un estado de cosas mediante la lucha o la indiferencia total hacia los demás hombres, entonces permítanme ser un parásito más de esta materia descompuesta llamada vida en la Tierra. No quiero tener familia ni responsabilidades. Si el mundo no se puede componer, yo tampoco.
sábado, 14 de noviembre de 2009
No hubo forma alguna de expresión. ¿Cómo hablarle a la gente si ya nadie te conoce? ¿Cómo retratarte si ni tu misma cara te gusta? ¿Cómo escribir si tu pluma te cansa? Vas dejando por el mundo toda la mierda con que naciste. No hay nadie en el mundo que pueda explicarte el por qué de ti mismo. Eres el mismo buitre que come carroña y que aprende a decir Coca-Cola, a comer Twinky Wonder y a decir Jerchis en vez de cacao. ¿Cómo vas a jugar al balero si ni tú mismo encajas en la vida, ni en la muerte? ¿Cómo vas a destruir con tus débiles manitas (que se sienten orgullosas por r unos cuantos callos improductivos) todo el bloque de acero con el que te has cercado?
Recuerda a tus antiguos héroes, héroes en sí mismos y todo porque eran grandes. Y tú te has dejado crecer las barbas en un intento vano por sentirte mayor. ¡Barbas! ¿Para qué las quiero? Y después de todo, verme renacer pronto de mis propios escombros, con ímpetu y razón que antes no tenía. Entonces sí: a chingar su madre el mundo.
Volverte loco de repente, escribir todo lo que tengas en tu resentimiento y caer loco de amargura, con una sonrisa postorgásmica en la cual tus cenizas ya no humean, son sólo cenizas que se van con un tornado.
Recuerda a tus antiguos héroes, héroes en sí mismos y todo porque eran grandes. Y tú te has dejado crecer las barbas en un intento vano por sentirte mayor. ¡Barbas! ¿Para qué las quiero? Y después de todo, verme renacer pronto de mis propios escombros, con ímpetu y razón que antes no tenía. Entonces sí: a chingar su madre el mundo.
Volverte loco de repente, escribir todo lo que tengas en tu resentimiento y caer loco de amargura, con una sonrisa postorgásmica en la cual tus cenizas ya no humean, son sólo cenizas que se van con un tornado.
Me aferraré a mi locura. No dejaré que nadie se atreva a mancillar mi lógica creencia de desenfado con el débil y trillado argumento de la posición social, el confort o el utilitarismo. Esta era es un tiempo de desencanto y los seres pretenden transcurrir intactos, firmes, seguros y sin tacha, como si la realidad no pesara, como si el dolor no existiera, como si la autoridad no ordenara agresiva y estúpidamente altanera. Y todo es un pesar de tristes melancolías y sueños despedazados. Es que hasta su desinterés molesta...
¿Cuántos derroteros habrán de pasar? La luz de mi mente se ha ido apagando paulatinamente. Y ahora, pensándolo bien, me doy cuenta de que nunca nada me ha convencido y siempre he abrevado del licor más amargo en la cava de mi ser. Por hoy nadie me entiende, no creo en nada ni en nadie; he llegado al triste punto en que ya nadie me entiende…
Ni yo mismo.
Ni yo mismo.
NEGRA CONCIENCIA
Subir a la montaña y perderse en su negra amargura, en su profunda conciencia. Encontrar en la muerte un amor que el capitalismo negó. Escupir toda efigie sagrada. Ser personaje de este tiempo y a la vez estar fuera de él. Querer ser necesario cuando el que necesita es uno.
Mandar al carajo toda la teoría preñada de individualismo ególatra, empezando por ti. Terminar con tus ansias de Mesías iracundo. Y, en última instancia, mi amigo, dejar de mentirte: no hay posibilidad de existencia feliz en este mundo que tuvo la desgracia de verte nacer en lo más alto de su fétido pero rotundo seno.
Subirse a la única montaña que existe: la montaña del guerrillero que se pierde en su negra amargura, en su profunda conciencia.
Encontrar en la muerte un amor que el capitalismo negó. Escupir toda efigie sagrada, ser personaje de mi tiempo y a la vez estar fuera de él. Querer ser necesario cuando el que necesita soy yo. Poder acabar con un algo tan etéreo como intangible e indestructible.
Mandar al carajo toda la tontería preñada de individualismo ególatra, empezando por mí. Terminar con mis ansias de Mesías iracundo sobre el cual descansaría la suerte de todo personaje ambiguo que se defina como yo me estoy definiendo.
Y, en última instancia, mi amigo, dejar de mentirte: no hay posibilidad de existencia en este mundo que tuvo la desgracia de verte nacer y morir en lo más alto de su fétido pero rotundo seno.
Subir a la montaña y perderse en su negra amargura, en su profunda conciencia. Encontrar en la muerte un amor que el capitalismo negó. Escupir toda efigie sagrada. Ser personaje de este tiempo y a la vez estar fuera de él. Querer ser necesario cuando el que necesita es uno.
Mandar al carajo toda la teoría preñada de individualismo ególatra, empezando por ti. Terminar con tus ansias de Mesías iracundo. Y, en última instancia, mi amigo, dejar de mentirte: no hay posibilidad de existencia feliz en este mundo que tuvo la desgracia de verte nacer en lo más alto de su fétido pero rotundo seno.
Subirse a la única montaña que existe: la montaña del guerrillero que se pierde en su negra amargura, en su profunda conciencia.
Encontrar en la muerte un amor que el capitalismo negó. Escupir toda efigie sagrada, ser personaje de mi tiempo y a la vez estar fuera de él. Querer ser necesario cuando el que necesita soy yo. Poder acabar con un algo tan etéreo como intangible e indestructible.
Mandar al carajo toda la tontería preñada de individualismo ególatra, empezando por mí. Terminar con mis ansias de Mesías iracundo sobre el cual descansaría la suerte de todo personaje ambiguo que se defina como yo me estoy definiendo.
Y, en última instancia, mi amigo, dejar de mentirte: no hay posibilidad de existencia en este mundo que tuvo la desgracia de verte nacer y morir en lo más alto de su fétido pero rotundo seno.
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