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martes, 22 de diciembre de 2009
Un nuevo balance. Una tardía relectura más para buscar mis temas y mi estilo. Una búsqueda infructuosa que reafirma mis preguntas. ¿Soy tan triste? ¿Creo en algo que no sea mi virtual tristeza? Mis soliloquios literarios no llevan a parte alguna: Difusos chispazos de inspiración arrancados de los más diversos estados de ánimo; ausencia total de orden, sistema o estructura; simples y anárquicos torrentes de emoción. Y hoy repaso otra vez uno de mis temas favoritos: mi propia escritura. Esto puede obedecer a una evidente carencia de imaginación literaria. Sin embargo, el problema de mis escritos, además de la rigidez temática que los agobia, es su interiorismo encabronante. Todo soy yo. Aquí no hay más que un escrito, tal vez el más lúcido, en donde me propongo un interlocutor y una temática, si no ajenos, sí distintos de mí. Es posible que mi necesidad de exteriorización no consista en el simple hacer exterior mi estado de ánimo. En todo caso se trata de exteriorizar lo interiorizado, no sólo lo interior. (Mi situación interior se nutre de mi temperamento y de mi entorno).
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