Que no le digan, que no le cuenten que la Luna es de queso. La luna es un polvorón redondo al que le ha cantado los poetas, los perros y los borrachos; y no me pidan que los deje leer tranquilos porque también en nuestro espacioso metro dicen que el mar de la tranquilidad está en la Luna. Después de todo nadie ha podido convencerse de que la historia de la humanidad es una sinfonía armoniosa donde canta el amor y hace coro el afecto. Mentira. Gran razón tenía mi tío Carlos cuando decía que somos unos micos homínidos determinados por el intercambio material de bienes y de males y que recurrimos a la mitología del amor por pura exclusión: sólo cuando nos tratan mal buscamos al pretendido cómplice, al ser comprendido y comprensivo que no amenaza. Mientras, los hombres buenos lo son sólo para algunas cosas; por ejemplo: para reforzar las expectativas de los que perdieron, a fuerza de olvidos, desprecios y maltrato, la esperanza puesta en su propio proyecto de vida. Y la gente amable que alimenta nociones de futuro (o tan solo de presente) y abona la vivencia con caricias y sonrisas, de pronto se queda sólo, esperando que llegue otro u otra con su propia bronca, para sentir que su vida es útil en esta vida y no en la otra. Y, a veces, los desesperanzados vuelven por su limosna de esperanza, los solitarios regresan por su porción de compañía, los tristes retornan por su cachito de felicidad. Y todo estaría bien si no tuvieran un remedo de su alegría. Después de todo, la matriz originaria de sus propias vidas era un recinto oscuro y protegido, un hogar encerrado en más de cuatro paredes, y si el dueño de el útero vital ordena con sus tiernas amenazas el regreso al nido, la avecilla de volados revuelos dobla la tersura de sus plumas, agacha el pico y vuelve a arrastrar su vida en esa finta de alegrías encerradas.
Pero hoy digo que no importa, que la vida se sigue rompiendo afuera, en la calle, y que sigue sin tener caso la angustia cotidiana que baja de los cielos convertida en lluvia e inunda con charcos y arroyuelos las cloacas y letrinas de mi necia sensibilidad. No importa que la nube de las amarguras sea un pesado individuo que responde a las mismas patadas con las que domina a sus propias y exclusivas propiedades. Después de todo, la normalidad, la decencia, la estabilidad y el progreso siguen imponiendo sus pesadas cargas, rompiendo la libertad y la alegría de quienes alguna vez quisieron ser distintos y proponer una vivencia de cambio.
De niño, como todos los niños, yo veía a las persona hacia arriba, incluyéndote. Mi estatura aumentó y la visión, muchas visiones cambiaron; vi a las gentes y a la vida de frente, y también pude verla volteando, a veces, hacia abajo. Algunas visiones se vuelven claras y otras continúan con un velo de misterio.
ResponderEliminarCada que te volteo a ver, querido Cuauh, volteo hacia arriba.
Me encanta poder ir aclarando ese velo misterioso que siempre ha tenido para mí tu persona.
Sigue publicando ¿sí?