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martes, 22 de diciembre de 2009

AFEITES.

Qué problema rasurarse. Cuando veo la crema y la máquina de afeitar, me siento como si fuera un niño poseído por la curiosidad de sentir esa extraña caricia cortando los pelos de mi cara. No deja de ser interesante ver el reflejo de mi cara embadurnada y recorrer la ruta del rastrillo cuando abre surcos en la blanca superficie de la espuma. Luego mirar los pequeños trozos de mis cabellos como si fueran las víctimas de esa acción. Después, acariciarme el mentón y los cachetes sintiendo la tersura, mirarme la cara bien limpia, ahora sí, a flor de piel. De pronto me encuentro guapo. Sobre todo si recorto mi bigote al mejor estilo de Jorge Negrete y de Clark Gable.

Entonces caigo en la cuenta: mis facciones distan mucho de ser las de esos monstruos de la pantalla, profesionales en la emocionante aventura de arrancar suspiros. Definitivamente no me parezco a ninguno, de ellos. Entonces ¿por qué dejarme llevar por esa impresión engañosa? ¿Será que a fuerza de reiteraciones y melodramas las imágenes de esos divos se han convertido en modelos de belleza masculina? Esto definitivamente es cierto, pero ¿acaso tengo el carácter fuerte y dominante del macho mexicano o del galán hollywoodesco? Ahora que lo pienso, tal vez esa sea una de las claves del enorme atractivo desencadenado por los multicitados artistas. Me explico: tal vez la combinación de un carácter recio con una apariencia facial suave, logre ese claroscuro que resulta infalible a la hora de seducir al sexo opuesto. Aunque también es cierto que la combinación que había logrado al dejarme crecer las barbas también es explosiva, porque a la apariencia agresiva y seca de mi rostro barbado se esconde una marmita de ternura que urge por lanzarse sobre muchachas que el vaivén de la vida me ponga enfrente.

Y pienso más cosas: cuando vago rasurado por las calles, es evidente que muchas más miradas femeninas se posan en mí; hasta alguna sonrisita picarona me persigue cuando me descuido. ¿Conclusión? No soy tan feo. Pero tampoco soy lo suficientemente guapo como para que esas miradas y risillas coquetas me ataquen de frente. Por otro lado, no tengo la prestancia de carácter como para convertir esas indecisas provocaciones en un pretexto para la charla, el ligue o la seducción. El resultado es que, al mismo tiempo que me siento más chulito que horrible, me doy cuenta de que mi contextura física no me sirve para anotar otra estrella en mi récord de memorias eróticas; entonces me frustro. En cambio, cuando la gente me mira con barbas no siento reducirme a mi pura carrocería. Mi cara peluda es también un símbolo sexual impuesto por la literatura y el cine, tiene múltiples significados posibles; y aquí dejo al lector la memoria libre para que apunte, si quiere, la lista completa de barbones adorables y ¿por qué no? sexys. Sólo me limitaré a plantearle unos cuantos extremos: de Jesucristo a Charles Manson, del Ché Guevara a John Lennon, de Sócrates a Marx, etcétera. Mesías, delincuente, intelectual, teporocho o guerrillero. Imagen protectora o apariencia violadora. Eso sí, estoy seguro de que cualquiera que sea el sentimiento evocado por mi yo barbón, la impresión es de alguien que tiene suficientes elementos y argumentos como para convencer al mundo de que existe y de que está seguro de no necesitar adornos superficiales para sentirse querido y respetado. En consecuencia, el barbón parece ser un tipo que se cansó de intentar convencer por medio de los oropeles y que definió cabalmente su antiproyecto de muerte.

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