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martes, 22 de diciembre de 2009

Tenía que suceder como todo lo que sucede en mis escritos: mi vicio reiterativo es tan atroz que, necesariamente, una idea incuba a la otra y, mareadas como salen de mi cerebro, dan vueltas y reiteran sobre lo mismo: ellas mismas expresadas en la escritura. ¿Hasta dónde voy a llegar? Quién sabe. De todos modos, hace poco leí que las narraciones paralelas en las que se lleva la trama de los personajes creados al mismo tiempo que las vicisitudes del creador de los personajes a la hora de crearlos, estaban en legítimo uso, y a punto del abuso, en la literatura hispanoamericana. En ese estilo sólo he leído Entre Marx y una Mujer Desnuda. El libro me gustó y me sigue gustando tanto tal vez porque, de alguna manera, esa era mi tendencia: la escritura como posibilidad de recrear el mundo y, al mismo tiempo, como necesidad de crear la conciencia de subjetividad del escritor; como la manera de conocer y denunciar, al mismo tiempo que a afloran, los vicios y virtudes que permiten nuestra creación literaria (dicha de quebranto, los dos materiales que forman mi canto…)

Creación y crítica simultáneas, imaginación y conciencia paralelas, sentimiento y razón hermanados en una pugna sintética. Todo suena muy bonito. Pero con un material tan disperso como el mío, todo lo anterior se convierte en chatarra lujosa, en literatura creada "como un lujo cultural" por un neutral interiorista. Es la 1:15 a.m. y yo aferrado a escribir de mí. Cómo me gusta masturbarme. En vez de tratar de enlazar mis dos escritos de Jonás, aquí estoy, “comiendo mielda, chico”; es decir, escribiendo cagada. Pero no, en lugar de continuar con los análisis sociales y hablar un poco de las formas de represión, de referir la impotencia socioeconómica de la protesta generacional, exaltando su productividad político-intelectual, aquí sigues aferrado, ¡Cabrón!

"¿A dónde van ahora mismo estos versos?"

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