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martes, 22 de diciembre de 2009

JONÁS es una de esas películas que no lo dejan igual a uno.

Entras al cine un poco impregnado con la idea del error cometido hace doce años y sales con la certeza de que ese error no fue tal. Sin embargo, la cinta no ofrece alternativas válidas para la alegría completa: el argumento habla de la crucifixión de una generación, de la muerte de un grupo de edades y su transformación en seres inadaptados, disfuncionales, marginados, psicópatas. Y es entonces cuando uno se da cuenta del profundo desencanto que nos tocó asumir como actitud histórica. El viejo sueño se convirtió en pesadilla: esto se sabe y se repite hasta el cansancio. Pero, la verdadera pregunta es: ¿hasta dónde la tecnología, el confort, el progreso, el status, la posición, etc., constituyeron el analgésico para que los habitantes de esta antigua Tierra olvidáramos que la sociedad NO FUNCIONA? Mientras nuestros padres sí creyeron en la posibilidad de la felicidad humana lograda a través de un enorme cúmulo de objetos inútiles, a nosotros y a nuestros predecesores inmediatos la TV nos trajo miopías, las telas sintéticas nos causaron alergia, los trajes con corbata, mancuernillas y sus correspondientes zapatos de charol nos quedaron grandes de los hombros, las mangas, las piernas, los pies (definitivamente, fueron creados para espíritus gorilistas educados en el clima. de la 2a guerra mundial), el automóvil nos fue heredado, como un mal necesario, a punto de la famosa y ficticia crisis de energéticos; el automóvil trajo semáforos, policías de tránsito, atropellados y, lo que es más dramático, peatones; nuestras conciencias fueron educadas en plena era espacial; sentimos como nuestro el poderío de la humanidad, supimos de la fragilidad del capitalismo, hicimos crecer y crecimos con la minifalda y el socialismo en Cuba, con los Beatles y el rock; abrimos las puertas más amplias de la difusión; hicimos nuestra guerra, nos arriesgamos, nos despreciaron, nos amenazaron, nos golpearon, nos encarcelaron, nos desterraron, nos mataron... y a los demás nos castraron, nos mutilaron el ánimo y la intención de mejorar nuestro mundo.

Pero, ojo, que se entienda bien: no éramos los chiquillos optimistas que creyendo en la bondad santaclosesca de sus padres, tripulantes del sistema, esperaran el amable y generoso regalo de un mundo hecho a la medida del ser humano. No. Los protagonistas de esta historia venían preparando el terreno de su lucha desde 1950. Fue una toma de conciencia generacional a través del rechazo acumulado a una serie de convencionales hábitos tradicionales. Fueron los jóvenes de los 50’s quienes se quitaron el traje de marinerito y el corte a cepillo para dejarse crecer los copetes y adoptar los jeans y la chamarra de cuero. La calle fue el lugar elegido para dar la batalla. El recién inaugurado urbanismo moderno se sintió invadido por una plaga de seres simples, de una vitalidad y un vigor que no dejaban campo a la inmovilidad, seres sensibles que tímidamente balbuceaban su respuesta protestataria al sistema autoritario. La vida cotidiana como arma de liberación, como panfleto subversivo y como alternativa histórico política.

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