¿Somos sociólogos?
Le pregunta está hecha y la respuesta está en el aire. Para unos bastaría con saber si somos egresados de una escuela que impartiera sociología. Otros nos exigirían el título correspondiente. En otra línea, ciertas personas negarían que seamos sociólogos aunque hubiéramos cumplido satisfactoriamente y correctamente con los requisitos académicos y burocráticos. En fin, lo malo es que todos tienen ideas distintas y más o menos imprecisas sobre lo que es o no es un sociólogo y para lo que puede servir.
¿Y nosotros? Creemos tener una buena cantidad y calidad de ideas, principios y hábitos sociológicos, pero sabemos que, en principio, nos falta la madurez suficiente como para responder a la primera pregunta. Pero no sólo eso: presentimos desde hace tiempo que mucho de lo positivo que pueda haber en nuestra formación profesional no es el resultado de la asimilación de lo que se nos transmitió en nuestro transcurso por la universidad. Incluso desde antes de ingresar al ciclo profesional, tal vez desde la secundaria sentíamos la corazonada de que éramos víctimas y beneficiarios de la formación escolar que nos había tocado. Ingresaríamos al rato con la pesada y sentida carga de sabernos herederos imberbes de las generaciones universitarias de los 68's y 71's, que llegaron a protagonizar los estertores de la muerte moral del movimiento estudiantil. Todavía en la universidad fuimos partícipes de los últimos e infructuosos intentos de hacer sobrevivir las formas de rebeldía que condujeron a la protesta estudiantil-generacional de los 60’s a la esterilización teórica, al berrinche autoaniquilante, a la melancolía histórica y a la rutinización de nuestra vida. El hecho es que llegamos a la sociología ansiosos de responder a una serie de preguntas que se habían formulado en otros tiempos. Por accidentes cronológicos y administrativos fuimos compañeros en una de las generaciones de transición: sentíamos una rebeldía visceral y vengativa ante todo lo que oliera a principio de autoridad establecida, producto del azoro con que presenciamos la alegría rebelde de nuestros compañeros mayores y, al mismo tiempo, sufrirla.
Parece ser que una de las más fuertes motivaciones que nos impulsaron a tratar de producir una publicación periódica fue la necesidad de manifestar a determinado público nuestras experiencias sociológicas y sus frutos. Sentíamos que había factores extrasubjetivos que cohesionaban a una parte de nuestra generación. Algo nos unía y no era la simpatía desbordante de nadie ni el odio sentido hacia algo o alguien. No proveníamos de un origen común, ni teníamos la misma situación ni nuestros proyectos eran los mismos. Una especie de instinto nos llevaba a buscar ese lazo de unión y fortalecerlo. Buscamos en proyectos académicos y de investigación, en participaciones políticas de pequeño alcance, en sesiones colectivas de catarsis controlada, en tímidas exploraciones de la sexualidad propia y ajena, en afectos y en amores lejanos, en la formación de cuadros colegiados de mutuo apoyo, en la acción social comunitaria, en el abandono escolar, en todo lo que se pusiera a nuestro alcance. Buscamos y no encontramos.
Nos creíamos "estudiantes de sociología", científicos en proceso de realización, revolucionarios objetivos, gente conciente. Tal vez por eso no tuvimos la suficiente capacidad de asombro como para dejarnos impresionar por las crisis vivenciales, cotidianas, existenciales, de cada uno de nosotros. Hicimos notables esfuerzos, individuales y grupales por subordinar nuestra vida cotidiana a los descubrimientos "revolucionarios y científicos" que nos proporcionaba la Universidad.
Esa fuerte motivación que nos empujaba a tratar de producir una publicación periódica también era la necesidad de manifestar a determinado público nuestras experiencias sociológicas y sus frutos. Fruto y experiencia a la vez, el desencanto fue y es uno de los más importantes factores que cohesionaron a nuestro grupo escolar. Además de todas las ilusiones maltrechas y de las francas frustraciones, en términos estrictamente sociológicos, ni el león ni la sociología son como los pintan. Nosotros no queríamos domar al león, pero sí dominar a la sociología y con ella ayudar a domar a los tigres de papel de Mao (imperialismo) y del Libro Rojo de la Escuela (los adultos como principio de autoridad)
De pronto nos encontramos con que ya somos profesionistas y que poco a poco ingresamos a la casta divina de la paternidad. En otra óptica, tuvimos que trabajar para el tigre de papel imperio y nos convertimos en un tigre de papel adulto. Aparentemente, nos pusimos del lado de nuestros enemigos. Y todo por necesidades naturales, biológicas, vitales.
Entonces, la vida nos sorprendió con que los notables esfuerzos individuales y grupales que hicimos por subordinar nuestras vivencias cotidianas a los descubrimientos revolucionarios y científicos fueron inútiles.
Hoy, sociólogos desencantados, intuimos que hay una respuesta que aminorará el desencanto propio y ajeno de los sociólogos. Esa respuesta se puede sintetizar en una serie de principios como los siguientes: rescatar la vertiente humanística de la disciplina sociológica, revalorar el aspecto emotivo del sociólogo, recobrar le dimensión existencial del oficio, sintetizar la biografía en la historia y viceversa, relacionar la cotidianidad vivencial con la cientificidad social, juntar la literatura a la ciencia, unir la subjetividad a la objetividad, integrar la emoción con la razón.
Estos principios tienen un fundamento, no son producto del capricho ni del berrinche que desencadena necesariamente el desencanto. De cualquier manera, son producto de la crítica realizada desde una emoción históricamente explicada.
¿Será por eso que nunca pudimos cuajar la tal publicación?
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