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martes, 22 de diciembre de 2009

ESCRITURAS COYOACANENSES

Estoy en mi auto, llegando a casa. Pongo el freno de mano y me acuerdo del fólder. Emocionado, lo tomo y entro directo hasta mi cuarto. Me desnudo ansioso por recorrer tu letra desde el principio y releer las tres servilletas en las que intercambiamos preguntas, respuestas y, sobre todo, dudas.

Hace frío y en la radio suena un buen rock, progresivo, melancólico, muy hippie. Las cobijas también están frías... Un cigarrito pa'los nervios. Cojo mi lámpara y coloco su luz cerca de mi cabeza. Tomo el fólder, lo abro y aparecen las tres servilletas.

Leo. Estoy leyendo y, ególatramente, me divierto suficiente con mis propias palabras. Las tuyas simplemente preguntan, y en su pregunta dejan ver tus propias dudas.

La duda contagia y dudo de mis respuestas. Respondo con ingeniosas pero evidentes evasivas y las evasivas endurecen tu lenguaje. Tu lenguaje me acorrala... Entonces te contesto con una lúcida respuesta: "lo que quieras quiero y como quieras puedo".

(Ahora me doy cuenta de que estaba mintiendo. En realidad, sí quiero contigo, pero a mí manera, no a la tuya).

Sigo leyendo: no entendiste y te vuelvo a explicar que gustas para cualquier cosa que salga dentro de nuestra propia relación.

(Rectificación: estrictamente, me doy cuenta de que no mentía del todo).

Las servilletas ya se acabaron y ya estoy leyendo el mantel de papel en el que continuamos la conversación escrita de hace rato, en la cafetería.

Después de que te aclaro que te prefiero trenzada conmigo en un abrazo caliente de amor animal y que pongo el dedo sobre la evidente posibilidad de que no sigamos juntos por mucho tiempo, tú te limitas a dar las gracias. Presiento que, de alguna manera, me estás acosando y buscando el piropo atrevido, la caricia veloz, el abrazo incisivo, la estrechez penetrante.

Termino de leer todo lo que escribimos en el café. Enseguida vendrá la que tú escribiste en Coyoacán mientras yo buscaba urgentemente un baño porque, durante todo el recorrido caliente que mis manos y mi boca hicieron por tu cuerpo bien arropado, lo picoso de la salsa que me había desayunado hizo su punzante presencia en mi sufrido esfínter. Pienso en la incomodidad angustiante de tener que apagar un fuego sabroso que yo mismo encendí, mientras mi colon transverso punzaba de dolor y me inflamaba el bajo vientre, apresurando la urgencia de ir a orinar y defecar el resto de chile picoso que llegaba al final de mi tubo digestivo.

Siento que, definitivamente, estuvo incómoda la acción. Y tú, ¿en qué estarás pensando? A ver.

Empiezo a leer tus escrituras coyoacanenses. Estoy leyendo y no lo puedo creer. Pero, ¿qué no habíamos hablado ya de eso? Vuelvo a leer. Es la locura. La misma historia de hace un año, sólo que con menos de tu "ex" y, sin embargo, (o, tal vez por eso), con mucho más erotismo.

A ver, voy a descifrar, frase por frase, el mamotreto de golpes de pecho que se te ocurrió escribir:

Te acepto que no me quieras ver. Yo también he pensado en eso. A veces me aterroriza la idea de unir mi vida a la tuya. Y no porque seas tú, sino porque aún me da miedo la idea de la pareja permanente. Siento que un noviazgo o un amasiato comprometido detendrían la cuerda del reloj de mis locuras. Por otro lado, somos tan diferentes que cada día es más evidente que existen factores que pronto harían estallar las iras entre tú y yo.

No entiendo tu miedo a que nos usemos. No es lo mismo usar que usufructuar. Toda la vida es un uso constante de las facultades propias, de la compañía de los demás, del amor de los otros. ¿Por qué no usar la disponibilidad del otro para satisfacer la más pura de las necesidades?

Honestamente, contigo me siento un objeto sexual, y mi miedo a tu acoso se evidencia desde las servilletas. Sin embargo, me halaga que mi presencia enerve tus sentidos y, por otro lado, me preocupa seriamente tu situación virginal en un mundo que necesita urgentemente del amor humano, amor que se realiza con la pareja, amor que nace de la necesidad de mantener la vida propia y ajena, amor que nace de mis testículos y de tus ovarios. Estoy convencido de que, así como la retención de las funciones urinarias provoca enfermedades más o menos graves, la retención de la libido descompone el carácter y atrofia la personalidad. Por eso te provoco con caricias y apapachos. Para que saques esa hermosa pantera indómita que te ayudará a amar más al mundo y a tu gente.

Te provoco y no te cumplo, ¿te das cuenta? Quiero obligarte a que desees conscientemente mi sexo; estoy convencido de que tu salud emocional y física están en un verdadero peligro y que tu mejor opción es permitir que mis elevaciones se hundan en tus profundidades rompiendo el himen corrupto que engendra histerias y neurosis, deseos viciados y costumbres viciosas.

Ya sé que quieres “algo más" y que sabes que yo puedo dártelo.

Pero, ¿qué quieres? ¿un hombre? Lo soy. Y no sólo eso. Te quiero. Y para quererte, no necesito que te quedes conmigo ni que tú me ames: simplemente necesito que estos cuerpos que envuelven nuestras furias y nuestros amores se impregnen de magia y festejen tu ingreso al grupo de los que invocan al amor y pueden retenerlo confiados en que usarán todos los recursos que tienen en la cabeza, en las manos y entre las piernas.

No hay vicios ni suciedad en tus anhelos, ni en tus jadeantes suspiros amorosos: es la viva vida que toca a tu cerebro exigiendo entrada. Es el señor amor, no el niño cariño, el que asoma a tu piel y la bendice con ese calor que aproxima tu flama a la mía y nos obliga a agitar los respiros y los cuerpos en una convulsión amorosa que se muere al culminar completa entre nuestros cuerpos sudorosos y desnudos.

Ven. Toma tus iniciativas. Apodérate de este cuerpo viril sin ostentaciones y explora en él tus propias posibilidades de mujer en el acto en que ambos podremos ser distintos en nuestra idéntica igualdad.

3 comentarios:

  1. Daddy: Estaba leyendo tu blog y me encantó, aunque me gustaría saber más o menos las fechas de esos escritos. Por ejemplo, este supongo que es para mamá, pero no sé bien.

    Te amo

    GABY

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  2. No pude resistir la evocación de esas tardes noches coyoacanenses, de esos largos paseos por las calles medio iluminadas, los fajes, las dudas, las largas conversaciones y la certidumbre de un amor que iniciaba tímido y lleno de nos, por las diferencias, por los orígenes y sobre todo por el miedo a una entrega total y absoluta a otra persona, afortunadamente son recuerdos en este momento, pero la base de un esfuerzo diario por que esto continue, todavía hay dudas, todavía hay la certeza de cuidar algo que es maravilloso y que puede romperse en cualquier momento.
    Recuerda que te amo desde entonces
    Sué

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  3. ¡Vaya qué experiencia! Tener tanta obra tuya como un loto ante los ojos, sin saber bien a bien qué hacer primero si agradecer, bendecir, admirar, seguir disfrutando, corresponder, entrometer, sanar, compartir... ¡todo junto a la vez!

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