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martes, 22 de diciembre de 2009

Otra vez estoy aquí encerrado, entre cuatro paredes falsas, sentado sobre grave sillón ejecutivo, frente a un extenso escritorio de madera e iluminado por cuatro tubos de gas neón que disparan sobre mi cabeza sus chorrocientos watts de luminosidad. Intento leer alguno de los documentos que tengo pendientes y, entre parpadeo y parpadeo, vienen a mí las imágenes de mi pelo agitado por el viento cuando camino y vago feliz por las calles antes arboladas de mi ciudad.

Estoy encerrado en mi oficinesco trabajo y me está venciendo el sueño. De pronto me sorprendo con la cabeza apoyada en mi mano y soñando mil aventuras callejeras. Extraño mis mañanas y mis tardes de vagancia, cuando podía sentarme en una banqueta y ver pasar autos y peatones, dejando que mis ojos se abran para clavar mi golosa mirada en tantas féminas hermosas que le arrancan suspiros al asfalto.

Es que aquí la vida no marcha, el transcurso quedó detenido, retratado en esta disposición jerárquica del mobiliario, inmóvil en este pesado edificio mal ventilado. Este es otro mundo al cual no creo pertenecer, ¿seré capaz de soportar este encierro de ocho horas diarias, sabiendo que allá afuera la ciudad se desintegra? ¿Podré apagar mi melancolía y dejar de inquietarme por las risas y los llantos que no se oyen en este cerrado recinto? ¿Se congelará mi alegría loca cuando la rutina y la inercia se desplomen sobre los últimos reductos de mi yo adolescente?

Y tal vez no tenga derecho ni a quejarme, porque si me invade el ethos burocrático, si me domina la seriedad, entonces ya no seré capaz ni de sufrir la tristeza porque toda mi vida, TODA, se agarrará del brazo con las instituciones educativas del gobierno mexicano y no habrá ni pena ni gloria que desbalanceen una personalidad definida y un carácter marcado por "las necesidades del servicio".

A esto le han llamado madurez. Por eso, cuando sea maduro se acabarán mis dudas, mis tanteos y desvaríos, tendré una ruta perfectamente trazada por la cual han de transitar mis lustrosos zapatos. En ese entonces (si llega) ya nada podrá sorprenderme, nada me causará asombro porque yo seré un ser firme y definido; a mí no me afectará nada que no se relacione directamente con mis actividades: lo bueno ya lo habré conocido, lo malo no lo tomaré en cuenta. Seré un gran señor: me mandaré a hacer mis trajes, limpiaré mis camisas en la tintorería y seré asiduo cliente de Gillette; tendré una casita con mi esposa e hijitos: ella, fiel, abnegada y trabajadora de su hogar; ellos, obedientes, disciplinados y muy estudiosos. Y así, esperaré a que el reloj checador marque sus transcursos, hasta que suene la alarma de mi jubilación. Y seguiré esperando que mi vida (la biológica, que no otra) se canse de esperarme y se retire de mí. Moriré y habré dejado árbol, libro e hijo en este mundo.

...

Pero sucede que, como dirían lo nuevos trovos, "afuera la gente hace lo suyo por mí, afuera la gente quiere averiguar, AFUERA ME ESTÁN MATANDO". Y es que la vida de la calle transcurre agitada, y la vida del campo agoniza entre los últimos murmullos de las aves y el estruendoso rugido de ríos turbulentos y mares embravecidos. Afuera sucede el amor, se inician las vidas y se marcan las muertes. Afuera el erotismo aflora entre vaivenes de nalgas, suspiros y piropos. Sólo afuera presenciamos los rostros solidarios de la gente que se ama, sólo afuera se escuchan las fraternales mentadas de madre. Sólo afuera.

Porque una banqueta enseña más que una cátedra, se aprende más sentado en la banca de un parque que frente a un escritorio matriculado con las claves de "Recursos Materiales".

En mi ciudad el sol filtra su luz entre una bruma de humo y polvo, pero esa luz es suficiente para que los negros cabellos de mis conciudadanos brillen, porque la generosa vitalidad de la luz solar no se compara con esta mezquina luminosidad neón.

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