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martes, 22 de diciembre de 2009

Nunca acabarás de explicar el por qué de tu excesiva emotividad. La emoción te asalta en momentos cada vez menos esperados. A veces te traiciona. Son oleadas de ira o de ternura, de alegría o de amargura. Y aunque a veces lloras, nunca has golpeado: es que la ira no es tu pasión predilecta. Lo sabes y te preocupa; es más, te angustia. De alguna manera preferirías ser presa de la rabia, estar enfurecido trazando tu propia historia a fuerza de coraje. Pero no, no es el sudor de la furia el que moja tu cuerpo, es el agua de una lluvia melancólica que te cansa el ánimo.

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