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martes, 22 de diciembre de 2009

Puedes partir de tu sensibilidad más primaria, tal vez de la humedad que pega en tu nariz y empapa la piel de tus mejillas, tu frente, tus brazos y tus manos. Sabes de aguaceros y lloviznas, de charcos y arroyuelos, de lodos enfangados. Pero esta agua no viene con la lluvia fértil de los temporales benignos, no emana de las tuberías potables que entretejen las entrañas de esta tu ciudad que flota sobre un lago, no brota de los manantiales subterráneos que burbujean en vida. No. La humedad que te empapa tiene un espacio y un tiempo específicos. Es la angustia cotidiana que transcurre como caudaloso río entre los abruptos relieves de tu desconcierto vital. Es el canal de las aguas negras de este estilo de vivir la vida. Es un caudal que evaporado se desborda y empapa de ignominia la calma de la noche y la inquietud del día.

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