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martes, 22 de diciembre de 2009

Recordarás el contacto silencioso de su cuerpo entre la atmósfera humedecida como un presagio de callada demencia. Inclinarás la cabeza hacia la ventana y mirarás las nubes grises alejarse hacia el sur, hacia el Ajusco. Te sorprenderá la repentina claridad del Sol en esa noche, después de una tarde tan oscurecida como esa. Sin dejar de contemplar el cielo, llevarás tu mano a tu muñeca, te quitarás el reloj para ignorar las horas y lo arrojarás por debajo de la cama. Sentirás el impulso de volverte a asomar por la ventana, pero el polvo acumulado en uno de los rincones del ventanal penetrará en tu nariz, estornudarás y la súbita reacción de tu organismo te hará pensar en la amenaza de un resfrío. Concentrarás tu pensamiento en la sensación de tu propio cuerpo. Sentirás un frío húmedo perfectamente soportable e incluso vivificante. Ningún dolor, ningún malestar. Sólo percibirás un profundo cansancio anímico y la necesidad imperiosa de sacudir esa modorra del alma. Entonces te invadirán unas intensas ganas de salir a la calle a vivenciar todas sus miserias y ver si el violento encontronazo con la realidad callejera logra sacudir tu ánimo, igual que el estornudo había despabilado tu cuerpo. Abrirás la puerta de tu casa y lo primero que verás será un automóvil transitando veloz y rebanando el agua de lluvia con sus llantas. Esa será tu bienvenida a la violencia callejera.

Te detendrás un minuto con la manija de tu puerta en la mano, sin decidirte a entrar en la confusión urbana. Durante ese minuto regresarán a tu mente las visiones de tu pasado: una atmósfera húmeda y casi fría, iluminada por una luz que caía, oblicua, sobre las gotas que mojaban las hojas y lo tallos de las plantas del jardín de tu casa.

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