¿Otro soliloquio?
¿Por qué no?
Ahora hay suficientes motivos para vomitar más literatura barata:
Aquella famosa investigación sobre Gómez Farías finalmente fue concluida, la gente que me rodea exige cada vez más que me case, que participe en sus proyectos, que me vuelva serio que madure, bla-bla-bla. Afortunadamente, no son todos los que joden ni joden todos los que están. Por otro lado, la Mujer del Charco volvió a emerger de las fangosas profundidades de su sexualidad sumergida y aquellas antiguas MUJERES que hace no mucho tiempo pude adorar han fortalecido su posición de hembritas-celosas-protegidas y seducidas por sus respectivos machos.
Bueno, ¿y todo eso qué? Pues nada, que sigo viendo mis manos estériles esforzarse por mecanografiar con corrección toda la putrefacta materia inerte que sale de mi cerebro. Obviamente mis manitas de intelectual inútil no son capaces de abarcar toda la KK que sale a torrentes de mi circunvolución parietal media. ¿Ya ven? Me imagino que esa zona no existe en mi cerebro ni en ningún otro.
De cualquier forma, la literatura estrecha el cerco de mis fantasías pero no logra instalarse en mis lecturas y mucho menos en mis quehaceres cotidianos. Como dice papi, "ya soy todo un autor” y me imagino que mi nombre mestizo anda perdido en el registro de autor y que nadie, a excepción de mis más cercanos prójimos, sabe que yo escribo. Bueno, todos escribimos ¿no? Pues no ¿y los analfabetas? Esos ni leen. Para ellos la literatura está tan lejana como la constelación de Orión: la ven, pero no tienen acceso a ella.
Aquí, junto a mi escritorio... ¿Cuál mi escritorio? Esta blanca extensión de madera pertenece a la federación, al gobierno, a la ínclita y ubérrima SEP. Que me perdone Darío –enorme poeta— por manosear sus palabras. No sé que quiere decir el buen Rubén cuando alza la voz de su pluma y grita desde el papel: "Ínclitas razas ubérrimas". Bueno, el asunto es que este escritorio en el que reposa el primer ejemplar del libro que yo ayudé a escribir no es mi escritorio. ¿Ustedes creen que yo podría mantener semejante blancura? Ni se crean.
Decía que junto, más bien, sobre el escritorio que me asignaron para trabajar (¿trabajar? ¡Jo! ¡Jo!) reposa ese libro. Algunos dirían que es mi hijo primogénito. Pero ni es mi hijo ni es el primogénito. No es mi hijo porque yo no fecundé ni a mujer ni a hembra para engendrar un niño que “salió igualito a su papá”. ¡Nel! Tampoco es el primogénito, porque la “ínclita y ubérrima" se vio forzada a publicar cuatro mamotretos elaborados por MI-ckey Mouse los pies, dijo Cuauhtémoc y -quién lo iba a decir- fundó sin quererlo las fantasías más turbantes del imperio emperador: la fantasía del dólar doloroso, muerte papel moneda de los latinoamericanos.
OK, OK. Ladies & Gentlmens, I'm so very happy de ver este big book reposando on my desk. Oh yeah! ¡A todos aquellos que quieren y aman los papelucos verdes de allende el Bravo (es decir de más allá de nuestra frontera norte)! Bueno, a todos los dolarizados compañeros de locura, no les pido perdón porque yo no tengo la culpa de que mi vejiga se hinche de orines en el momento en que me empiezo a preocupar por la paridad de sus esbeltísimos pesos. Total, si se me hincha cuando pienso en ello, lo que se me hincha es un güevo y la mitad del otro; y si se me hinchan (mi güevo y medio junto con mi vejiga de guardar mis meados) es porque no quiero pensar en que sus dólares y mis pesos, su devolución y mi devaluación, su nacionalización y mi nacionalismo mestizo... Simpermiso, voy a orinar
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Ya regresé. ¡Huy! ¡Qué susto! Alcé la vista de mi hoja de escribir y... ¡Cha-ca-cha-chan-cha-chaan...! Allí estaba Yolandita (mamacita) con esa belleza mestiza (como la mía, sólo que yo sin belleza), morena y chatita. Qué linda se ve esforzando su cerebro y su corazón por encontrar uno de esos paraísos que a mí se me perdieron desde que supe que soy inteligente y no guapo y que, además, soy depresivo. Ojala que Yolandita no pierda nunca su ímpetu y siga por toda su vida buscando su felicidad y su realización plena. Casualmente, la linda Violi, Violanda, Yolanda, llegó enfundada en sus minúsculos tenis y unos muy bien rellenados pantalones de mezclilla azul que logran insinuar la poderosa amplitud de sus bien torneadas piernas marrones.
Si volteo a mi izquierda, lo cual no deja de tener su simbolismo, aparece una cascada negra que se agita y cae como el enorme telón de una monumental obra de teatro. Pero el telón no cae para finalizar el drama, sino para inaugurar entre pomposas fanfarrias que suenan en mi cerebro, la alegría de unos ojos saltonamente oblicuos que me miran y me leen con todo el amor que pueden contener los largos, gruesos y abundantes cabellos de mi linda Laura linda. LAURINDA. Ella es mi primer amor literario; correctora, mecanógrafa, musa, crítica, y reanimadora. Señora adolescente que se pierde lo mismo entre la poesía de sus cabellos indios que entre la abyección de sus deberes matrimoniales. Laurinda tiene una brujulámpara (que orienta e ilumina). Tiene su brujulámpara —lámpara de bruja, brújula que ampara— que le salva la vida y la obliga a creer en este teatro-vida: el teatro. Por eso su pelo no es una simple y vulgar cortina, es un telón de fondo en el que se proyecta su pequeña y sencilla figura, sin aspavientos, con belleza terrena y sin la grandilocuencia demagógica de una carrocería perfectamente esculpida.
Hay otras bellezas que me hacen falta en esta oficina jodida de la cultura difusa. Aktis y Elisa. Pero de ellas -antitéticas- hablaré después. Por lo pronto, ya se acabó esta hoja y mi aparato digestivo indica que tengo hambre y que tengo también el despreciado tesoro de una insuficiencia gástrica y otra hepática y que por ello me sudan las manos cuando tengo y quiero acariciar a cualquiera de ellas.
Lo importante, decía el viejo Baldomero, es que advierta que este mundo esta jodido, pero que también es remediablemente injusto.
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