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martes, 5 de enero de 2010

MICOS HOMÍNIDOS

I

Que no le digan, que no le cuenten
que la luna es de queso.
La luna es un polvorón redondo
al que le han cantado los poetas,
los perros y los borrachos.

Y no me pidan que los deje leer tranquilos
porque, como en nuestro espacioso metro decían:
"el mar de la tranquilidad está en la Luna".

Después de todo,
nadie ha podido convencerse
de que la historia de la humanidad
es una sinfonía armoniosa
donde canta el amor y hace coro el afecto.
Mentira.

Gran razón tenían mis tíos Segismundo y Carlos
cuando decían que somos unos micos homínidos
determinados por el intercambio material de bienes y de males,
y que sólo cuando nos tratan mal
buscamos al pretendido cómplice,
al ser comprensivo y comprendido que no amenaza.

Mientras,
los hombres buenos
lo somos sólo para algunas cosas.
Por ejemplo:
para reforzar las expectativas de los que perdieron,
a fuerza de olvidos, desprecios y maltratos,
la esperanza puesta en su propio proyecto de vida.

Y la gente amable que alimenta nociones de futuro
(o tan sólo del presente)
y abona la vivencia con caricias y sonrisas,
de pronto se queda sola,
esperando que llegue otra con su propia bronca,
para sentir que su vida es útil,
en esta vida y no en la otra.

Y a veces
los desesperanzados regresan
por su limosna de esperanza,
los solitarios vuelven
por su porción de compañía,
los tristes retornan
por su cachito de felicidad.

Y todo estaría bien si no obtuvieran tan sólo
un simple remedo de su propia alegría.
Después de todo,
la matriz originaria de sus propias vidas
era un recinto oscuro y protegido,
un hogar encerrado en más de cuatro paredes;
y si el dueño del útero vital
–padre, novio o esposo–
ordena con sus tiernas amenazas
el regreso al nido,
la avecilla de volados revuelos
dobla la tersura de sus alas,
agacha el pico
y vuelve a arrastrar su vida
en esa finta de alegrías encerradas.

II

Pero hoy digo que no importa,
que la vida se sigue rompiendo afuera,
en la calle,
y que sigue sin tener sentido la angustia cotidiana
que baja de los cielos convertida en lluvia
e inunda con charcos y arroyuelos
las cloacas y letrinas de mi necia sensibilidad.

No importa que la nube de las amarguras
esté cargada de pesados individuos que responden
a las mismas patadas con las que dominan a sus propias,
muy suyas y exclusivas propiedades.

Después de todo,
la normalidad y la decencia,
la estabilidad y el progreso,
siguen imponiendo sus pesadas cargas,
rompiendo la libertad y la alegría
de quienes un día quisimos ser distintos
y proponer una vivencia digna en el cambio.

No importa,
permaneceremos.

De Cariñando en humedades

1 comentario:

  1. Es increíble que hayan pasado 40 años de la muerte de Janis y que al leer tu poesía se sienta tan cerca, tan reciente y tan dolida.
    Sué

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