Nunca acabarás de explicar
el porqué de tu excesiva emotividad.
La emoción te asalta en momentos
cada vez menos esperados.
A veces te traiciona.
Son oleadas de ira o de ternura,
de alegría o de amargura.
Y aunque a veces lloras,
nunca has golpeado:
es que la ira
no es tu pasión predilecta.
Lo sabes y te preocupa;
es más, te angustia.
De alguna manera,
preferirías ser presa de la rabia,
vivir enfurecido,
trazando tu propia historia
a fuerza de coraje.
Pero no.
No es el sudor de la furia
el que moja tu cuerpo,
sino el agua de una lluvia melancólica
la que te cansa el ánimo.
De Cariñando en Humedades
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